La VII Semana de Reducción de Pérdidas y Desperdicios de Alimentos en Bogotá puso sobre la mesa la urgencia de articular política pública, hábitos de consumo y tecnología. Además se plantearon alternativas sobre el uso de datos e IA para rescatar alimentos y mitigar el impacto ambiental.
Cada día son más las alternativas de agricultura urbana y las apuestas por comer mejor, ¿pero qué pasa con lo que no comemos? El desperdicio de alimentos en Bogotá no es solo un asunto de conciencia ciudadana, pero en el día a día todavía se percibe lejano. Así lo advirtieron las voces reunidas en la apertura de la séptima Semana de Reducción de Pérdidas y Desperdicios de Alimentos (PDA), que lidera la Secretaría Distrital de Desarrollo Económico (SDDE) hasta el 9 de octubre.
La inauguración se realizó en la Universidad Cooperativa de Colombia. Allí se reunieron representantes de la FAO, la academia y los gremios, junto con tres emprendimientos que usan datos e Inteligencia Artificial para medir y rescatar comida.

En este artículo:
- ¿Por qué el desperdicio de alimentos en Bogotá es más que botar comida?
- ¿En qué punto de la cadena se pierde la comida?
- ¿Qué pasa con los residuos que llegan al relleno Doña Juana?
- ¿Cómo ayudan los datos y la Inteligencia Artificial a reducir el desperdicio de alimentos?
- ¿Es suficiente la Ley 1990 para frenar el problema?
¿Por qué el desperdicio de alimentos en Bogotá es más que botar comida?
Dora Rincón, subdirectora de Abastecimiento Alimentario de la SDDE, recordó cómo se veía el tema hace unos siete años. Para el comercio era un asunto de ganancias. Pero en el caso de campesinos y productores, muchas familias pensaban «no importa porque igual eso se va a volver tierra«.
«No lo veían realmente como una problemática que tenía un impacto ambiental, un aumento en el precio del producto, un gasto de agua que en este momento es tan intenso para todos nosotros», señaló Rincón.
Edna Liliana Peralta Vaquero, presidenta de la Asociación Colombiana de Ciencia y Tecnología de Alimentos y moderadora del panel, citó que con lo que se pierde en el mundo se podría alimentar a una octava parte de la población desnutrida.
¿En qué punto de la cadena se pierde la comida?
Daniela Herrera Arturo, punto focal de pérdida y desperdicio de alimentos de la FAO Colombia (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), explicó que el país aún usa la estimación del Departamento Nacional de Planeación (DNP): el 34 % de los alimentos se pierde o se desperdicia en Colombia, la mayoría frutas y verduras, y sobre todo en la producción. «Eso quiere decir que tenemos más pérdidas que desperdicios», dijo.
En cambio, con el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane) se incorporaron módulos sobre pérdida de alimentos en la Encuesta Nacional Agropecuaria, la Encuesta Ambiental Industrial y la Encuesta Anual de Comercio.
«Ustedes han trazado un camino muy importante de concienciación y hay que transitar de la concienciación a la corresponsabilidad«, señaló Herrera.
La experta añadió un dato del Banco Mundial: apenas el 1 % de la inversión ambiental contempla temas alimentarios, aunque las pérdidas y desperdicios aportan entre el 8 y el 10 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. «Tenemos que ser valientes y apostarle a la agenda ambiental», afirmó.
María Fernanda Copete, directora ejecutiva de la Cámara Verde de Comercio Colombia, detalló lo que ocurre en el campo. Quienes producen venden a buen precio entre el 60 y el 70 % de la cosecha, y el resto sale como segunda o tercera calidad.
«Se invierte lo mismo energéticamente, hídricamente, laboralmente», afirmó Copete, quien también señaló a los hogares: «Somos nosotros los que estamos realmente como consumidores permitiendo que el alimento se pierda».
En la gastronomía el reto también es grande. Liliana Montaño, de la Cámara Colombiana de Gastronomía, calcula que en Bogotá hay cerca de 200.000 establecimientos entre formales e informales. También contó que el compostaje puede costarle a un restaurante sencillo al menos un millón de pesos al mes. «Aquí todo inicia desde la compra«, dijo.
¿Qué pasa con los residuos que llegan al relleno Doña Juana?
Jessica Rivas, fundadora y directora ejecutiva de Más Compost, Menos Basura, habló del destino final de esos residuos. Describió el relleno Doña Juana, entre Usme y Ciudad Bolívar, como capas de residuos que no desaparecen. Según dijo, allí llegan cerca de 120 camiones por hora.
«Esa desconexión es el pilar de la problemática. La FAO puede venir aquí a juntarnos y a mostrarnos todo lo que quiero hacer, pero mientras ese citadino uno a uno no tengamos la conciencia de hacer una separación adecuada en la fuente, va a ser muy complicado», afirmó.
Su organización creó en 2018 una ruta de recolección selectiva de orgánicos. Hoy acompaña a 2.980 familias de Bogotá y la Sabana, y ha entregado más de 633.000 kilos de abono a comunidades campesinas.
Desde el Distrito, Catalina Arciniegas, directora del Instituto para la Economía Social (IPES), contó que las 19 plazas distritales de mercado mueven 12.000 toneladas de alimentos al mes. Con la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos (UAESP) se construye un biodigestor para que una plaza produzca su propia energía con residuos orgánicos.
¿Cómo ayudan los datos y la Inteligencia Artificial a reducir el desperdicio de alimentos?
La FAO desarrolla Pandora, un modelo que usa Inteligencia Artificial y análisis fotográfico para estimar cuánta calidad y cuánta masa pierden los alimentos. Está pensado para productores que muchas veces no usan báscula porque miden por atados.
En el eslabón comercial, Rodrigo Ramírez, de la aplicación Cheaf, explicó que los negocios con excedentes de corta vida útil publican paquetes sorpresa con descuento. «Atacamos el desperdicio de alimentos de una forma granular», afirmó.
Jorge Correa, cofundador de EatCloud, presentó una plataforma que usa algoritmos para conectar a la industria con los 26 bancos de alimentos del país y con fundaciones. Según sus cifras, en seis años ha redistribuido en Colombia más de 60.000 toneladas de comida.
«Nuestro negocio es la data, la data analítica. El alimento llega gratuito a estas organizaciones sociales«, explicó Correa.
Copete le puso un límite a esa conversación tecnológica: «la IA no produce alimentos, no ara la tierra, no produce abono natural».
¿Es suficiente la Ley 1990 para frenar el problema?
El profesor e investigador Álvaro Acevedo Osorio, del grupo Terras de la Universidad Nacional, advirtió que las iniciativas siguen siendo marginales frente al tamaño del problema.
«Vamos por una década mostrando las mismas cifras. Nuestra ley de pérdidas y desperdicios de alimentos se quedó corta», señaló el docente.
Para Correa, «la política pública es catalizadora». Aún falta definir qué entidad fiscalizará el cumplimiento de la Ley 1990 de 2019. También falta un etiquetado que distinga la fecha de consumo preferente de la fecha de vencimiento.
El reto que dejó el foro es que la ciudad construya un sistema de monitoreo capaz de reportar cuánto reduce, en toneladas y en emisiones. Mientras no haya datos actualizados ni cambios en los hábitos de consumo, el desperdicio de alimentos en Bogotá seguirá llegando a Doña Juana.



