En la primera semana de abril de 2020, más de 3.000 millones de personas alrededor del mundo están bajo medidas restrictivas para enfrentar la pandemia del nuevo coronavirus. Y, pese a lo que algunos puedan pensar, las medidas de aislamiento social no son descabelladas. Más de 42.000 personas han muerto, y el gobierno de Estados Unidos prevé que entre 100.000 y 240.000 de sus ciudadanos podrán morir incluso con las restricciones.

Dadas las condiciones, lo primero que viene a la mente es pensar por qué no hay una vacuna. Lo cierto es que, aunque conocíamos a los hermanos del COVID-19 desde mucho antes, fue este brote reciente lo que ha impulsado a los organismos de salud hacia una carrera contra el reloj para encontrar una forma de prevención efectiva.

La creación de una vacuna, y sobre todo para contener un brote tan inmediato como el del nuevo coronavirus, tiene varias barreras. Esto no solo desde un punto de vista virológico, sino también económico y logístico. Así es el largo camino hasta que podamos encontrar una vacuna para el COVID-19.

¿Más vale malo conocido que bueno por conocer?

Para empezar, la palabra coronavirus no hace referencia a un virus en específico, sino a una familia de virus relacionados que producen enfermedades en mamíferos y aves. En los humanos, los síntomas de estos virus pueden ir desde los mismos de un resfriado común hasta, dependiendo de la cepa, ser letales.

Nunca antes en la historia habíamos sido contagiados por este virus

En total son 7 coronavirus los que afectan a los humanos, pero solamente 3 de estos representan un peligro fatal: Mers, Sars y COVID-19. Todos estos virus tienen genomas, morfologías y estructuras parecidas, lo que ciertamente ayudó a la identificación rápida del COVID-19 a finales del año pasado.

Su nombre, corona, proviene de la palabra en latín corona, la misma palabra en español que usamos para definir el ornamento que usan los reyes en la cabeza. COVID-19 es un virus relativamente grande, y la forma particular que tiene es parecida a la de una corona solar, de donde precisamente sale su nombre.

Así luce un coronavirus. Imagen: WikiMedia

Lo cierto es que, mientras que COVID-19 en específico es un virus completamente nuevo en los humanos, ambos Mers y Sars estuvieron presentes y causaron también bastantes muertes. En otras palabras, los humanos tenemos experiencia combatiendo este tipo de virus.

Mers y Sars son incluso más mortales que COVID-19, con una tasa de mortalidad aproximada de 34% y 10% respectivamente. Incluso así, y pese a que se han realizado estudios intentando entender mejor a la familia coronavirus, nunca se pensó en desarrollar una vacuna para ninguno.

La batalla en el laboratorio por una vacuna para el COVID-19

También debemos tener en cuenta que COVID-19 es un virus completamente nuevo. Es decir que nunca antes en la historia habíamos sido contagiados por este virus, que previamente vivía solamente en mamíferos como los murciélagos y los pangolines.

Esto significa que, aunque las investigaciones basada en Mers y Sars ciertamente ayudan bastante a agilizar la síntesis de una vacuna, estamos en una encrucijada importante. Como es bien conocido, el principio de una vacuna se basa en inyectar al paciente con una dosis no letal para que el cuerpo desarrolle por sí solo anticuerpos contra la enfermedad.

Si no existen registros de la enfermedad en humanos, y sobre todo cuando tratamos con virus absolutamente nuevo, es difícil para los científicos saber exactamente cuánto es una dosis no letal y qué ramificaciones secundarias pueda tener la vacuna.

Los tiempos de desarrollo de una vacuna varían bastante. En el caso de COVID-19 se ha dicho que puede tardar hasta un año, que no será posible durante este brote o que podrá tomar entre 12 y 18 meses. Uno de los obstáculos iniciales es que no existe un proceso unificado para llevar a cabo durante el desarrollo de la vacuna.

El pangolín es uno de los animales más traficados en el mundo. En ellos se encuentra un virus muy parecido al COVID-19. Imagen: WikiMedia

A la carrera para encontrar una vacuna para el COVID-19 se han sumado varias empresas conocidas y otras no reconocidas en el campo de la medicina, cuyos nombres no resultan obvios en este listado. Moderna Therapeutics, CanSino Biologics, GlaxoSmithKline y Johnson & Johnson son algunos de los nombres bien conocidos por trabajar en vacunas. A estos se han añadido otros como Philip Morris International y British American Tobacco (las dos tabacaleras más grandes del mundo), que anunciaron también estar trabajando en una vacuna.

La aproximación hacia una vacuna para el COVID-19 depende también enteramente de quién la está desarrollando. Una opción es proveer al cuerpo con un adyuvante –una sustancia para potenciar la respuesta inmunológica del cuerpo–, mientras que otras más complejas pueden atacar la forma de reproducción del virus dentro del sistema humano o las proteínas que sustentan la existencia del virus en el cuerpo.

A esto se suman las barreras que tiene la biología. El desarrollo de anticuerpos, de pruebas en animales, de cultivos con células humanas; todos estos procesos toman tiempo que no se pueden recortar, no porque no queramos, sino porque están dictados por la misma biología de los seres vivos.   

Incluso después de haber sido desarrollada, una vacuna tiene que pasar por 3 fases antes de poder ser administrada de manera masiva a humanos.

Las 3 fases del desarrollo clínico de una vacuna

Fase I: Durante esta fase se administra la vacuna a un grupo pequeño de personas para evaluar sus propiedades, nivel de tolerancia y la respuesta del cuerpo.

Fase II: La vacuna es aplicada a un grupo más grande de personas y su objetivo principal es evaluar qué tan efectiva es. Por lo general esta fase tiene que mostrar inmunogenicidad en los pacientes; es decir que el sistema debe poder combatir y eliminar el virus (inmunogenecidad es la capacidad que tiene un agente externo para crear una respuesta inmunológica en el cuerpo).

Fase III: Es la fase más importante, y tiene que estar sustentada por pruebas no solo de efectividad, sino también de manufactura, especificaciones y procedimientos de ensayo dentro de la producción.

Fuente: Organización Mundial de la Salud.

Haciendo los esfuerzos para desarrollar una vacuna contra el COVID-19 incluso más críticos, después de que haya pasado el proceso de evaluación empieza una carrera para producirla de manera masiva. No estamos hablando de millones, sino de miles de millones de personas en el mundo que serán vacunadas. 

La producción de la vacuna debe comenzar incluso antes de ser aprobada, arriesgando así no solo tiempo invertido, sino también millones de dólares gastados en el desarrollo de algo que tal vez no verá la luz del día y cuyos efectos no son bien conocidos en la producción. 

La mejor respuesta por ahora es social

Con la vacuna aún tan lejos y nuestros sistemas no dando abasto, la mejor respuesta que tenemos para enfrentar el nuevo coronavirus ahora es social. Es decir, organizar nuestras vidas alrededor de la prevención para así poder reducir el número de infectados. Quedándonos en casa, lavando nuestras manos, desinfectando objetos como puertas y dispositivos electrónicos. 

Quedarnos en casa se una de las estrategias más efectivas. Imagen: Vox en YouTube.

COVID-19 es la primera vez en más de un siglo –la última vez fue la gripe española de 1918– que un virus amenaza tan fuertemente todos nuestros fundamentos como sociedad. Sin embargo, no es ni será la única vez que sobrevivamos una pandemia de esta escala. Así que a lavarse las manos y quedarse en casa

Imagen principal: kian zhang en Unsplash