En la historia reciente se ha hablado bastante de una eventual crisis global de empleo cuyo detonante sería la automatización en el apogeo de la tecnología. Lo cierto es que esa crisis ya llegó, es real, pero el origen vino de un escenario que nadie esperaba, una pandemia generada por la propagación del COVID-19. Nadie estaba preparado, ni los más poderosos gobiernos. Solo en Estados Unidos, las solicitudes de subsidios por desempleo se dispararon en las últimas semanas.

Histórico de las peticiones de seguros de desempleo en Estados Unidos, desde 1970 hasta el 21 de marzo de 2020. Durante la última semana hubo más de 3 millones de solicitudes.

Lo cierto es que así como el nuevo coronavirus está acelerando la Transformación Digital de empresas, personas y gobiernos, también vuelve a poner sobre la mesa uno de los temas predilectos en las conversaciones relacionadas con los retos que el mundo afronta ante Cuarta Revolución Industrial: la desaparición de empleos.

Antes de la actual pandemia, el argumento original para esta situación era la falta de entrenamiento para que las personas puedan asumir los nuevos roles y empleos que se generarán. En otras palabras, desaparecen empleos de manera dramática y se generan nuevas vacantes, pero no hay suficientes personas con el conocimiento necesario para llenarlas.

También es cierto que nacerán más empleos que los se perderán en el camino: el Foro Económico Mundial nos dice que para 2022 desaparecerán 75 millones de empleos y se crearán 133 millones nuevos. Pero, con seguridad, estas estimaciones cambiarán luego de 2020, el mundo será otro luego del nuevo coronavirus.

En cualquier escenario, aquellas personas que queden fuera de los nuevos entornos laborales se enfrentan a un preocupante futuro. ¿Qué pasará con ellos si sus habilidades ya no son requeridas y terminan siendo reemplazados por humanos mejor entrenados o por máquinas? ¿Qué pasará con las personas que ya perdieron su sustento básico en países como Colombia, donde más de la mitad de la población tiene un trabajo informal y vive del ‘día a día’?

El ‘Coco’ ya llegó –aunque fue otro–, pero este escenario no es ajeno a la desaparición de empleos a raíz del avance tecnológico.

Desaparición de empleos por la automatización:

El informe ‘How’s Life in the Digital Age? Opportunities and Risks of the Digital Transformation for People’s Well-being’ (Cómo es la vida en la era digital? Oportunidades y riesgos para el bienestar de las personas en la Transformación Digital) explica cómo afecta la digitalización al modelo de vida y la cotidianidad de la sociedad.
Infografía: Más de la mitad de los empleos en España, en riesgo por la automatización | Statista Según estimaciones de la OCDE, al menos 1 de cada 5 empleos de bajos ingresos en sus países miembros tienen un alto riesgo de ser automatizados.
Infografía: Automatización: a menores ingresos, mayor riesgo | Statista Y según un informe reciente de McKinsey Global Institute, ‘Jobs Lost, Jobs gained: workforce transitions in a time of automation’, (Pérdida de trabajos, ganancia de trabajos: la transición de la fuerza de trabajo en tiempos de automatización) el 15% de las horas actuales de trabajo, esto es, 1 de cada 7, son susceptibles de ser realizadas por robots en 2030.
Infografía: Una de cada siete horas de trabajo es automatizable | Statista Más infografías en Statista

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Esta preocupación, la de una pérdida de trabajo a causa de la automatización, puso los focos de atención sobre la idea de crear un salario básico universal como solución para contrarrestar la situación. Este UBI, por sus iniciales en inglés, también es conocido como renta básica universal (RBU), renta básica incondicional (RBI), renta vital o ingreso ciudadano.

La idea es que todos los ciudadanos reciban periódicamente una suma de dinero sin condiciones. Es universal, porque sería para todas las personas, independiente de sus fuentes de renta, de si es rico o pobre. No se trata de un subsidio.

La idea del salario básico universal, como ya lo mencionamos, no es nueva. Según nos cuenta Business Insider, el origen del ingreso básico se remonta al siglo XVI, y en Europa se habló de esto durante los siglos XVIII y XIX. En Estados Unidos fue propuesto también por Martin Luther King, e incluso Richard Nixon estuvo cerca de implementarlo.

Recientemente, la idea del ingreso básico universal como política nacional en Estados Unidos cobró vida, en parte gracias al excandidato presidencial demócrata Andrew Yang, que prometía entregar ingresos de 1.000 dolares mensuales  a todos los ciudadanos estadounidenses mayores de 18 años.

Por allá en 1976, Milton Friedman, estadístico, economista, ganador del Premio Nobel de Economía y uno de los fundadores de la Escuela de Economía de Chicago, habló de la necesidad de un Salario Básico Universal.

Por otro lado, ya se han desarrollado algunas pruebas en diferentes países como Holanda, Canadá, Finlandia, Escocia y Estados Unidos –este último caso en alianza con el sector privado y un empujón de Silicon Valley–.

De hecho, existen iniciativas privadas que trabajan en esto, como la de la aceleradora Y Combinator, que durante 2019 iniciaría su propia prueba de salario básico universal, para la cual destinaría 60 millones de dólares. También está el caso del Economic Security Project, fundado por Chris Hughes, Natalie Foster y Dorian Warren en 2016. Allí se dedican a apoyar, financiar e investigar las posibilidades de implantar un salario básico universal en Estados Unidos y uno de los proyectos es el que se ejecuta en la ciudad de Stockton (vecina de Silicon Valley).

Posturas a favor y en contra del salario básico universal

Dentro de las voces a favor del salario básico universal hemos escuchado nombres populares como los de Mark Zuckerberg y Elon Musk, y otras no tan famosas como la del historiador holandés Rutger Bregman, que argumenta que la pobreza es cara, que conlleva delincuencia y lleva a malos resultados académicos y enfermedades, entre otros males.

El principal argumento a favor del salario básico universal reside en la eliminación de la pobreza, enfrentar el desempleo y la reducción de la desigualdad. (A propósito, Bregman tiene una charla TED sobre la pobreza).

«Seamos realistas: hay algo mal con nuestro sistema cuando puedo irme [de Harvard] y ganar miles de millones de dólares en 10 años, mientras que millones de estudiantes no pueden pagar sus préstamos, y mucho menos comenzar un negocio. […] Ahora es nuestro momento de definir un nuevo contrato social para nuestra generación. Deberíamos explorar ideas como el ingreso básico universal para darles a todos un colchón para probar cosas nuevas».

Mark Zuckerberg.

Del otro lado de la moneda, los principales argumentos en contra del salario básico universal pueden resumirse en 3 puntos: es costoso, que se deje de invertir en lo necesario y que al no tener necesidad, la gente prefiera no buscar trabajo.

Nos dice el New York Times que «a muchas personas en Finlandia —y en otras latitudes— les fastidia la idea de regalar dinero sin pedir que la gente trabaje«. Fomentar la holgazanería es un argumento en contra que resuena con fuerza. En esta misma orilla hay preocupación por las fuentes de financiación.

En cuanto a este problema, la financiación, hay varias propuestas. Una de ellas esgrime que como la automatización (la tecnología) es la que traerá este problema de pérdida de empleos, sea esta misma industria la que ayude a resolverlo.

Por ejemplo, en 2017 Bill Gates propuso  un impuesto a los robots para lidiar con el desempleo tecnológico causado por la automatización, el cual fue descartado. (En parte, uno de los problemas es que las grandes empresas de tecnología tienen su efectivo en cuentas offshore). Y por otro lado, existen iniciativas desde esta industria para darle solución al problema.

Thomas Piketty, uno de los principales economistas del mundo sobre los desafíos de la desigualdad, dice que el salario básico universal es una medida insuficiente, porque no se puede financiar sin nuevas formas de ingresos muy significativas y su solución incluye aumentar los impuestos a los ricos.

“Si deseamos vivir en una sociedad justa, tenemos que formular objetivos más ambiciosos que cubran la distribución del ingreso y la riqueza en su totalidad y, en consecuencia, la distribución del acceso al poder y las oportunidades.

Nuestra ambición debe ser la de una sociedad basada en un retorno justo al trabajo, en otras palabras, un salario justo y no simplemente un ingreso básico”.

Thomas Piketty.

El caso Finlandia

En Finlandia el experimento se canceló a causa de las maniobras políticas y la resistencia burocrática, según nos dice el análisis de la revista Jacobim, que lo señala como un fracaso.

El piloto estuvo en curso entre 2017 y 2018, cuando la agencia finlandesa de seguridad social, Kela, otorgó un pago mensual de 560 euros a 2.000 personas desempleadas, pero el Gobierno finés decidió no continuar el financiamiento, en parte por descontento del público ante la generosa idea. Olli Kangas, supervisor del proyecto, opinó en su momento que era «una lástima» que terminara de este modo. Lo cierto es que el experimento tuvo muy poco tiempo y mucha presión.

Los resultados preliminares mostraron que las personas que recibieron el ingreso básico no encontraron trabajos mejores o peores que el grupo de control. Aunque su bienestar sí mejoró y presentaron menos síntomas de estrés, problemas de salud, problemas de memoria y de concentración. Se espera que el informe de evaluación final del experimento de ingresos básicos se publique en el primer semestre de 2020.

El caso de Canadá

En este país, el experimento se realizó específicamente en Ontario. En 2016 se anunció que se evaluaría un piloto de Ingresos Básicos. El piloto también probaría si un ingreso básico proporcionaría una forma más eficiente de generar otros ingresos, fortalecer la fuerza laboral y lograr ahorros en otras áreas, como asistencia médica y apoyo a la vivienda.

El Piloto de Ingresos Básicos de Ontario (Obip) comenzó a desarrollarse a fines de 2017. En el primer semestre de  2018 completó su primera fase, pero el mismo año finalizó. Al poder llegó una onda más conservadora, que finalmente decidió cancelarlo, aunque los beneficios se siguieron otorgando hasta 2019, pero la investigación finalizó inmediatamente.

Allí, 4.000 personas entre 18 y 64 años recibieron un ingreso anual de 16.989 dólares canadienses si eran solteras y de 24.027 dólares canadienses para parejas. En este caso, la investigación se centró en aspectos como seguridad alimentaria, estrés y ansiedad, salud mental, acceso a la salud, estabilidad en materia de vivienda, educación y empleabilidad.

Algunos de los resultados más destacados del 'Ontario Basic Income Pilot' son:
  • 88% de los beneficiados reportó menos estrés y ansiedad
  • 73% tenía menos depresión (la encuesta de referencia informó que al comienzo del piloto el 81% de los participantes sufría estrés psicológico moderado a severo).
  • 58% mejoró su situación de vivienda.
  • 34% encontró que el ingreso los ayudaba en el empleo, al proporcionar una opción de transporte al trabajo, cuidado de niños o la capacidad de iniciar o expandir un negocio.
  • 32%  pudo regresar a estudiar o mejorar sus habilidades ( la mayoría de los participantes dijo que estaban en trabajos sin salida). El 74% pudo elegir alimentos saludables.
  • 28% dejó de usar los bancos de alimentos.
  • 46% pudo pagar sus deudas.
  • 52% pudo ver a sus amigos y familiares con mayor frecuencia.
  • 55% tenía mayor capacidad física para realizar actividades.
  • 45% informó menos problemas de salud.

¿Qué se ha dicho en Colombia?

Para la profesora del Departamento de Organización y Gerencia de Eafit, Maria Alejandra González Perez, estos procesos deben mirarse con lentes diferentes, según la realidad de cada país. «Algunos reportes muestran que uno de cada 4 empleos actuales desaparecerá en el mundo, para 2020, por la automatización. Pero la productividad y la competitividad serán mayores en donde esta se adopte. En países en desarrollo, aunque el empleo no se afectará con la sustitución de máquinas, sí lo será por más competitividad en los países desarrollados y su capacidad de producir a mejores precios y calidad«.

El abogado constitucionalista y profesor de argumentación jurídica de Eafit) José del Carmen Ortega decía en 2018: «En Colombia, tenemos una jurisprudencia de la Corte Constitucional que habla del mínimo vital en los casos de pobreza extrema. Si se crea un salario universal, sería un verdadero mínimo vital garantizado para todos los colombianos. No debe ser, necesariamente, en dinero sino en servicios y prestaciones directas de salud, alimentación, recreación, educación, entre otros».

Con las necesidades económicas ahogando a la población y el empleo altamente afectado, a causa de las medidas de aislamiento obligatorio, las voces pidiendo este salario básico no se han hecho esperar.

Recientemente, en el blog de economía de profesores de la Universidad de Los Andes, se propuso un salario de 117.600 pesos mensuales para 22,8 millones de personas en Colombia (no sería universal), pero es una iniciativa próxima al salario básico universal.

Por otro lado, el representante por Norte de Santander, Alejandro Carlos Chacón, del Partido Liberal, declaró que en el país debe hacerse una reforma al gasto y trajo el tema de la Renta Vida o Renta Básica Universal como una propuesta para tenerse en cuenta, según compartió en su columna de opinión.

Es un tema de amplio debate, pero no se puede desconocer que es necesario abordarlo también desde la desigualdad de oportunidades educativas, desde la preparación de la sociedad para asumir los retos de esta Cuarta Revolución Industrial.

Cada país y contexto son diferentes. Si bien no hay una fórmula mágica y la crisis económica está en su albores, el salario básico universal podría (o no) ser una alternativa. Lo cierto es que en 2020 está idea está tomando fuerza en varias partes del mundo.

Foto de portada: Steve Buissinne (Pixabay)