Incertidumbre, agitación, intranquilidad. Las olas que remecen las aguas del sector de las tecnologías no son, ni mucho menos, un fenómeno exclusivo de Colombia. Si algo hemos visto con hechos recientes como los despidos en las tecnológicas, la caída en la bolsa de gigantes como Meta y los persistentes problemas en la cadena de suministros es que los problemas van mucho más allá de nuestras fronteras.

Pero si bien la paulatina disminución del ingreso y los problemas que persisten en las cadenas de suministros son amenazas reales en países desarrollados, no es posible negar que en Colombia estos solo pueden verse exacerbados por factores mucho más locales.

En el vecindario latinoamericano, procesos electorales (Brasil tuvo elecciones este año, Argentina las tendrá en 2023), inestabilidad política y un impredecible escenario macroeconómico llevan a los expertos a mostrarse cautos frente a sus pronósticos.

Específicamente en Colombia, la inquietud suscitada por la perspectiva de determinadas decisiones en el gobierno, la Reforma Tributaria, la trepada del dólar y la inflación rampante afectan por necesidad los precios en un abanico de sectores y, queda claro, el tecnológico no es la excepción.

Así, de la misma manera en que consumidores con presupuestos apretados pueden elegir postergar o de plano cancelar gastos suntuarios, y más si los van a pagar en dólares de 5.000 pesos, grandes compañías se hallan de pronto ante la perspectiva de que hacer lo que planeaban hacer puede salirles considerablemente más caro.

No es, en absoluto, un tema menor. El sector TIC representa alrededor de un 7 % del PIB colombiano. Y más allá de la importancia, hoy, del mercado de las telecomunicaciones, de los negocios que se cierran y de los productos y servicios que se venden, en él se mueven los emprendedores en los que confía el país para inscribirse en la tan mencionada Cuarta Revolución y disfrutar así de los beneficios de este mercado 4.0.

El sueño de la 5G

Por años, Colombia ha estado rezagada frente a sus pares de la región en materia de adopción de nuevas tecnologías y pocas cosas ejemplifican este dato como el proceso de subasta y despliegue de redes de quinta generación.

El gobierno Duque terminó su cuatrienio sin abrir la subasta y, en agosto de 2022, en la instalación del congreso Andicom, el presidente Gustavo Petro sorprendió a todos al delinear su plan para conectar a los sectores rurales con “fibra, fibra y más fibra” y al no mencionar la 5G ni una sola vez.

Correspondió al consejero presidencial Saúl Kattan explicar que sí, que después de todo, el plan sí es avanzar la subasta de las redes 5G y que una de las prioridades del Gobierno es abrirla en el primer semestre de 2023.

Pero no es solo la 5G. Colombia arrastra una penetración de Internet móvil y de uso de smartphones muy inferior a las de países como Chile o Brasil. Se ha avanzado, es cierto, en especial en lo pertinente a telefonía móvil y acceso a Internet fijo y móvil, pero pocos pondrían en duda que el mapa sigue muy concentrado en las zonas urbanas y en las cabeceras municipales y que el atraso persiste en la Colombia rural.

Entonces, de nuevo, no es solo la 5G, pero sin el despliegue efectivo de redes de quinta generación, hablar de impulsar nuevas tecnologías, como la robótica de consumo o los vehículos autónomos es, en palabras sencillas, puro cuento.

Y todo esto se ve acentuado por las características del mercado TIC en el país. Se trata de un mercado muy concentrado, en el que la competencia y la inversión se pueden ver desestimuladas.

El dólar por las nubes 

Por supuesto que el sector TIC es particularmente vulnerable a la subida del dólar que, acertadamente, muchos atribuyen a causas globales derivadas de la inestabilidad suscitada por el conflicto en Ucrania, la situación económica y política en países como EEUU y las decisiones de los grandes productores de petróleo.

Dólares

No en vano hablamos de un sector dependiente en enorme medida de la importación de equipos e insumos y, si bien los ingresos en dólares se hacen más significativos, la desproporción imperante hace que las inversiones, que ya eran de por sí considerables, se tornen más costosas, difíciles y arriesgadas.

Todo esto se atraviesa en el camino de la inaplazable tarea de conectar a las zonas apartadas del territorio nacional, en donde persisten cifras de conectividad cien o doscientas veces más bajas que las de ciudades como Bogotá o Medellín. Pese a los avances, la brecha digital permanece, y es difícil pronosticar cuál será la ruta de un sector afectado por todos los flancos por amenazas y debilidades externas y domésticas.

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