En Colombia, 1 de cada 8 estudiantes universitarios ha intentado suicidarse. Esta cifra se enmarca en un contexto donde la sintomatología de ansiedad afecta a entre el 30 % y el 50 % de la juventud universitaria en países de ingresos medios y bajos, y en el que el 43 % de las fluctuaciones observadas los niveles de depresión están explicados por factores como el uso de redes sociales, el sueño y el bienestar general.
Estos son algunos de los hallazgos del ‘Estudio de Salud Mental’ realizado por la Alianza 4U —conformada por la Universidad EAFIT, la Universidad del Norte, la Universidad Icesi y el CESA—, en articulación con Empresarios por la Educación, que encuestó a 1.200 estudiantes de 122 instituciones de educación superior en todo el país entre abril y junio de 2025.
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¿Qué tan grave es el panorama emocional en las universidades?
La investigación, de alcance nacional con cobertura en 23 departamentos y 35 municipios, revela que los niveles de ansiedad y depresión son significativamente más altos en ciudades como Bogotá, la región Cafetera y el Suroccidente, en comparación con el Centro Oriental y la Costa Caribe. Las brechas de género son también marcadas: las mujeres presentan medianas más altas en ansiedad, depresión y estrés, mientras que los hombres reportan mayor actividad física, un factor que el estudio identifica como protector. En cuanto al riesgo de ideación suicida, Bogotá registra la cifra más alta (16 %) y la región Caribe la más baja (6 %).
El modelo estadístico utilizado —ecuaciones estructurales con índices de ajuste excelentes (CFI = 0.991; RMSEA = 0.042)— confirmó que la depresión actúa como el nodo central del riesgo: explicando el 42,7 % de su variabilidad en la ideación suicida, y es alimentada directamente por el consumo de sustancias, la historia de agresión entre pares, el mayor tiempo en redes sociales y las pocas horas de sueño.
¿Qué papel juegan las pantallas desde la infancia?
El problema no surge en la universidad. La Asociación Colombiana de Instituciones de Educación Superior (ACIET) advierte que el uso intensivo de dispositivos digitales se inicia antes del primer año de vida: según datos del Instituto de Política Educativa (EPI), difundidos por The Independent, el 72 % de los bebés interactúa diariamente con pantallas, con un promedio de 41 minutos por día. Este patrón temprano configura hábitos cognitivos, emocionales y sociales que llegan intactos —y con consecuencias— a la vida universitaria.
Entre los efectos identificados por ACIET en el entorno académico se encuentran la disminución de la capacidad de atención sostenida, dificultades en la lectura profunda, dependencia de estímulos digitales inmediatos y reducción de habilidades socioemocionales. En el contexto universitario, el uso intensivo de tecnología puede derivar en fatiga digital, sobrecarga cognitiva y menor interacción presencial significativa.
“Hoy el reto no es limitar el uso de pantallas, sino orientar su uso de manera estratégica para fortalecer el aprendizaje, el pensamiento crítico y el bienestar de los estudiantes”, señala ACIET.
¿Qué deben hacer las instituciones?
El estudio de la Alianza 4U apunta a que la intervención en salud mental universitaria no puede limitarse al tratamiento sintomático. El bienestar general fue el predictor estructural más fuerte sobre la depresión, lo que indica que fortalecer las condiciones de vida estudiantil tiene mayor impacto que cualquier intervención clínica aislada.
El informe propone 6 frentes de acción institucional: integrar la salud mental como agenda transversal en la planeación académica; garantizar acompañamiento psicosocial con seguimiento continuo; promover hábitos de sueño, actividad física y uso consciente de redes; establecer protocolos claros para situaciones de depresión, agresión entre pares y riesgo suicida; desarrollar competencias socioemocionales en el estudiantado; y construir alianzas intersectoriales con el sistema de salud.
Por su parte, ACIET propone una agenda paralela que incluye alfabetización digital crítica, nuevos modelos pedagógicos híbridos, formación docente para entornos hiperconectados e investigación local sobre el impacto de las pantallas. La asociación hace un llamado a abrir una conversación nacional sobre el tema.
Ambas iniciativas coinciden en un diagnóstico estructural: el desafío no es tecnológico, sino humano. El éxito de la trayectoria académica y el proyecto de vida de la juventud en Colombia dependen de la capacidad del sistema para consolidar una cultura del cuidado basada en evidencia científica. Como concluye el informe de la Alianza 4U, la salud mental es la condición indispensable para el aprendizaje.




