Pensemos una Economía del Conocimiento para Colombia

La posesión de Tito Crissien como nuevo ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación, sobre quien llovieron señalamientos de la comunidad científica por plagio en artículos científicos y cuestionamientos por una inusualmente prolífica producción académica, ratifica la posición secundaria que la dirigencia colombiana ha dado al conocimiento por años.

Esto, a pesar de que los países dependen de ese conocimiento para desarrollar un entramado productivo competitivo que genere divisas y empleo calificado. Nos estamos quedando atrás del pelotón.

Colombia se ubica en la posición 78 entre 158 países en competitividad y capacidad de adaptación a nuevas herramientas tecnológicas, de acuerdo con el Informe sobre Tecnología e Información 2021 de la ONU. Documento que pone de manifiesto las nuevas desigualdades que se están generando a partir de la brecha, cada vez más amplia, entre países y sociedades con un alto grado de desarrollo y los que se encuentran rezagados.

El país cierra el grupo de naciones con un índice medio alto de apropiación tecnológica, a solo 2 escaños del grupo medio bajo. De hecho, en la región, Brasil, Chile, México, Costa Rica, Argentina, Uruguay y Panamá están por encima nuestro.

Para realizar la ponderación se valieron de 5 rankings diferentes: despliegue de infraestructura TIC, talento humano especializado, Investigación y Desarrollo (I&D), actividad industrial (manufactura, sector financiero y TIC) y acceso a financiamiento para el sector privado.

La mejor ubicación del país es en I&D, en el puesto 53, mientras que es menos competitivo en actividad industrial, la más importante en cuanto a generación de empleo, en el lugar 99 del listado.

Para traerlo a un hecho concreto –los ejemplos abundan–, está la incapacidad técnica para producir las vacunas contra la COVID-19, mientras que otros vecinos de la región lo están haciendo desde hace meses. Esto demuestra, además de atraso, el impacto que han tenido los acuerdos de libre comercio en la industria farmacéutica local, porque hace 20 años había la capacidad de producción.

La falta de interés político por el desarrollo de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación ha tenido el efecto de que no exista una estrategia concreta que integre los trabajos desarrollados por la academia, la industria y el Estado.

Cualquier política tiene que salir del Estado, el cual debe ser catalizador de la iniciativa privada, y el principal promotor a través de recursos de proyectos en los que se asume un alto riesgo que el sector privado no está dispuesto a asumir, como lo plantea la economista italiana Mariana Mazzucato.

Sabemos que ideas como Google surgieron de los garajes de unos innovadores excepcionales, pero no que estos necesitaron capital para llevarlas adelante que provino del sector público, más concretamente de la Fundación Nacional para la Ciencia de Estados Unidos (en inglés, NSF); o que los anticuerpos antimoleculares, que sentaron las bases de la biotecnología, se descubrieron en los laboratorios públicos del Consejo de la Investigación Médica del Reino Unido (MRC, en inglés).

Por eso, vale la pena conocer experiencias como la Ley de Economía del Conocimiento Argentina, con la que se creó una subsecretaría del mismo nombre dependiente del Ministerio de Desarrollo Productivo de ese país, la cual he tenido posibilidad de conocer como asesor de comunicaciones.

La Economía del Conocimiento reúne varios sectores que producen bienes y servicios con alto valor agregado, que pueden ser aprovechados por todas las ramas de la producción, además de generar empleo capacitado y bien remunerado.

En el caso argentino, la Economía del Conocimiento abarca un amplio rango de actividades como la biotecnología, servicios geológicos y de prospección; nanotecnología y nanociencia; industrias aeroespacial y satelital; servicios relacionados con la electrónica y las comunicaciones; servicios profesionales, producción y posproducción audiovisual, así como la industria del software.

Estas industrias son hoy el tercer sector exportador de ese país con 6.000 millones de dólares anuales, después de la agroindustria y el sector automotor, y contratan a 430.000 personas.

Como sucede con la Economía Naranja, que se fundamenta en la promoción de la creación, producción y distribución de bienes y servicios culturales y creativos, quienes hacen parte de la Economía del Conocimiento se pueden inscribir a un ‘régimen’ especial para obtener importantes beneficios fiscales y arancelarios, acceder a créditos no reembolsables, programas de capacitación para los recursos humanos, y apoyo a la ‘innovación abierta’ que genere un vínculo entre industria, academia y Estado.

Ya basta con que nos declamen que «vamos a ser el próximo Silicon Valley», ¡sean más creativos! Urge una política trasversal que involucre y coordine a los ministerios de Ciencia, TIC, Salud, Agricultura, Cultura y Comercio, Industria y Turismo, para que desde allí se trabaje con los centros de investigación, universidades, gremios y empresas.

El Banco Mundial dice que para participar en la Economía del Conocimiento, un país necesita 4 pilares: una población educada y capacitada, infraestructura de tecnología, una red muy unida de organizaciones de investigación públicas y privadas, y un régimen que fomenta la tecnología y el espíritu empresarial.

Como vemos, la educación está absolutamente ligada a la Economía del Conocimiento y a la economía en general. El nivel educativo predice cuándo las profesiones van a ser reemplazadas por Inteligencia Artificial, por ejemplo los ‘call centers’ están por desaparecer. Cuanto mayor sea el nivel educativo, la posibilidad de que un trabajo desaparezca va a ser cada vez menor.

No se trata de elegir qué rumbo tomamos como país, no tenemos otra opción de cara al futuro. Es imposible crecer dependiendo tanto de los hidrocarburos y las materias primas. Tenemos las puertas abiertas de los más importantes mercados internacionales gracias a los tratados de libre comercio para generar divisas con productos y servicios que tengan valor agregado, pero para aprovecharlo es necesario reactivar la industria local, y una estrategia viable es la Economía del Conocimiento, que a su vez tracciona la consolidación de los 4 pilares, que son fundamentales para el desarrollo colombiano.

Felipe Castro Cervantes
Felipe Castro Cervantes
Periodista especializado en el sector TIC, con maestría en Gestión de Servicios Tecnológicos y de Telecomunicaciones de la Universidad de San Andrés, en Argentina. Y asesor de prensa y comunicaciones de la Subsecretaría de Economía del Conocimiento, del Ministerio de Desarrollo Productivo de Argentina.

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