El cambio climático es una verdad a la nadie puede escapar. Después de todo, los estragos del impacto que hemos sufrido los humanos los estamos sintiendo hoy en carne propia, con 2020 siendo el año más caliente desde los 1880. Así mismo, arrecian los desastres naturales, como el ‘Dixie Fire’ que ha quemado pueblos enteros en California o la constante aparición de huracanes, como el reciente Ida.

Pese a esto, y aunque los efectos no solo son conocidos sino también sentidos, el último reporte de las Naciones Unidas indicó que el planeta seguirá subiendo de temperatura por lo menos por los próximos 30 años. La pelea, ahora, es intentar no superar los 1,5 grados que se tienen previstos. Sin embargo, aunque los residuos industriales y de consumo ayudan sin duda a intensificar el calentamiento global, un tema poco tratado es el de los hábitos nutricionales y su impacto en la Tierra. 

Un impacto invisible

En un estudio publicado en la revista Science del año 2019, se daba un consejo contundente: dejar de consumir carne es «la mejor manera» de reducir el impacto en la Tierra. El análisis ha sido uno de los más completos hasta el momento, contando con 40.000 granjas en 119 países, y tal vez su logro más grande fue el de poner en números concretos el impacto que tienen algunas de las industrias más grandes y necesarias, como el de la ganadería y la crianza de animales para consumo. 

En total, más del 80 % del espacio agrícola es utilizado para la crianza de animales, pero su consumo solamente representa el 18 % de calorías consumidas y también representa el 60 % del total de los gases invernadero producidos por el sector agrícola. Cada 100 gramos de proteína animal representan 105 kg de gases invernadero en la atmósfera. 

En los últimos años, frente a esta realidad cada vez más incómoda, el desafío ha estado en encontrar formas para que la producción alimenticia no tenga que estar en contra de metas positivas para el medio ambiente. “Pensemos en la aceptación que tendría en el mercado saber que la carne de cerdo o la carne de pollo que uno está consumiendo fue obtenida de una manera sostenible y utilizando menos recursos”, dice Johan Sebastián Chávez Mosquera, estudiante de ingeniería agroindustrial de la Universidad del Cauca y representante de Colombia en la Cumbre de jóvenes por la agricultura YAS 2021.

Y es precisamente en esta cumbre en dónde jóvenes de varios países se han unido para buscar la respuesta a una pregunta cada vez más urgente: ¿cómo alimentar un planeta con hambre y con cada vez menos recursos?. Para Chávez, la respuesta a esto puede estar en los insectos y en el desarrollo de hábitos que tienen el potencial de cambiar la cara de una industria que en ojos de muchos se vuelve cada vez menos sostenible. 

La harina a base de la mosca soldado negra puede ayudar a implementar un sistema alimentario más sostenible. Imagen: WikiMedia

Buscando una agricultura más amigable

En el terreno de la agricultura, una de las problemáticas importantes es cómo alimentar a los animales. Muchos de los animales que consumimos se alimentan de harinas fabricadas especialmente para la agricultura, lo que en Colombia a veces se conoce como ‘la purina’. Pese a esto, a medida que crece el apetito y la poblacion de los países, cada año se necesita más harina para alimentar a los animales.  

Desde hace algunas décadas se han venido desarrollando avances importantes, sobre todo en temas como la harina a base de soya o la harina de pescado. Sin embargo, debido al escalamiento a nivel mundial, este tipo de harinas también está teniendo consecuencias negativas. El cultivo de soya plantea retos morales (¿por qué no simplemente alimentar a más personas con soya?), así como ambientales y de deforestación. 

Por su parte, la harina a base de pescado está altamente regulada en países como Perú, el productor más grande a nivel mundial. Esta regulación fue reforzada durante los años 2015 y 2016 para prevenir el colapso del ecosistema pacífico y de la Corriente de Humboldt –el ambiente marino más numeroso del planeta–. Los peces atrapados destinados para la fabricación de harina –llamados anchovetas– son también el eslabón de muchas especies marinas que necesitan ese tipo de pescados para sobrevivir y que ahora compiten por alimento con una industria cada vez más hambrienta. 

Una mosca soldado

Frente a esta problemática de doble arista, puede que el secreto de la sostenibilidad esté en un mundo más pequeño: el de los insectos. «Hay una necesidad, y es la de buscar nuevas fuente de proteínas más sostenibles, y dentro de esas se cuenta con la producción de insectos”, dice Chávez. 

“Si se tuviera una instalación de 100 metros cuadrados de producción de mosca soldado se podría obtener el mismo nivel el mismo nivel de proteína que se obtiene con 100 hectáreas de cultivos de soya, según investigaciones”.

Sebastián Chávez Mosquera, representante de Colombia en la Cumbre de jóvenes por la agricultura YAS 2021.

Él, junto con su equipo de jóvenes estudiantes del sector agrícola, propone a la mosca soldado negra como uno de los insectos con más potencial para cambiar la industria. Según Chávez, esta mosca tiene un perfil nutricional con un alto nivel de proteína, un buen contenido graso y un perfil de aminoácidos –las moléculas base de las proteínas– relativamente favorable. De la misma forma, esta mosca se caracteriza por tener un contenido de calcio más alto comparado con otros insectos. 

Estas moscas pueden ser cultivadas y luego procesadas para crear la harina que alimenta los animales que consumimos. “Ya se tiene la imagen de algunas formas de producción habituales que no se consideran como sostenibles, como la ganadería o la crianza de cerdos debido al impacto ambiental detrás de ellos. Si se utilizan fuentes sostenibles como la proteína a partir de insectos se puede cambiar esta imagen que se tiene”, explica.

Johan Sebastián Chávez. Imagen: YAS 2021

De la misma forma, estas moscas son positivas para el ecosistema agrícola, especialmente debido a que consumen desechos orgánicos, no transmiten enfermedades, no pican y tampoco son una especie invasiva. De hecho, los mismos desechos de la mosca y sus larvas pueden ser reutilizados en plantas y cultivos. Si la economía del pasado estaba basada en el consumo, la agricultura sostenible estará fundamentada en la eficiencia.

“Las larvas de estos insectos se alimentan de residuos orgánicos que pueden venir de la misma finca y de residuos de cocina. Es el concepto de economía circular, el uso de residuos para producir alimento”, explica Sebastián Chávez. En últimas, esta capacidad para poder utilizar mejor los recursos y encontrar nuevas formas para esta economía circular será uno de los puntos definitivos en el cambio climático.

Más allá de que nosotros como individuos consumamos productos animales o no, lo cierto es que el reto de alimentar cada vez a más personas sin que sufra el planeta es una tarea gigantesca. Iniciativas como la de Chávez y su equipo muestran que a veces es importante mirar a nuestros ecosistemas y tal vez encontraremos que las respuestas están en los nutrientes de los insectos y en las mentes de los jóvenes. 


Imagen principal: Wikimedia