Oficialmente, tuve mi primer smartphone a finales de 2011 (o a comienzos de 2012, no lo recuerdo con exactitud). Antes, creo que lo más avanzado que había tenido era un Nokia con el sistema operativo Symbian, que llegó a estar en la cima del mercado, pero que para entonces ya se encontraba lejos de lo que podían hacer los iPhone con la versión 5 de iOS; de hecho, Symbian estaba al borde de la extinción.

Tomar la decisión fue fácil, pues la versión de Android de la época –la 4.0 o Ice Cream– también me pareció –de antemano, ofrezco una disculpa retroactiva a los amantes de Android– muy arcaica. No era intuitiva, me parecía que le faltaban cosas que sí tenía iOS o, si las tenía, no eran fáciles de encontrar.

Asú lucía el iPhone 4s. Foto: Apple.

Entonces me decidí por el iPhone 4S, cuyo precio no recuerdo exactamente, pero según los registros de la época debía estar alrededor de los 750.000 pesos, que no estaban lejos de mis posibilidades económicas entonces. Lo sustituí un par de años más tarde por un iPhone 5C (mi preferido hasta ahora), que hacia finales de 2014 tuve que reemplazar con un iPhone 6, cuando los 16 GB de almacenamiento fueron insuficientes para albergar todas las aplicaciones que utilizaba… ni siquiera lo llené de fotos, sino de apps. Su precio –el del 5C– estaba alrededor de los 1,3 millones de pesos… pero el esfuerzo valía la pena.

Había sido tan feliz con el 4S y el 5C que el esfuerzo adicional que implicó pagar los casi 2,5 millones de pesos que me costó el iPhone 6 se justificaban. Hasta que hace un par de años largos, la antena wifi del dispositivo comenzó a fallar y, antes que pensar en mandarlo arreglar, pensé en cambiar de equipo. Pero entonces, los 3,2 millones de pesos que costaba el iPhone XR –el más económico de los X y con el que pensaba que podía satisfacer mis necesidades entonces– ya me pareció exagerado.

Este es el punto en el que mi amigo Mauricio Jaramillo –director periodístico de Impacto TIC y fiel usuario de Apple en todas sus manifestaciones– me diría algo como: «Pero no necesita cambiarse al último modelo; puede comprar un modelo anterior más barato, que de todas maneras es bueno». Y aunque no le faltaría razón, también recurro a las sabias palabras de un antiguo jefe que siempre sostuvo que la mejor marca de carro es nuevo. ¿Por qué habría de ser diferente en el mundo de los celulares?

Entonces decidí darle otra oportunidad a Android, que para esa época ya hacía la transición de la versión 8 a la 9, iba de Oreo a Pie. Y debo confesar que el cambio fue mucho menos traumático de lo que me imaginé. Si bien en términos de máquina el smartphone de gama media que compré no tenía el mismo rendimiento de un iPhone –empecemos por decir que todos los iPhone son de gama alta–, la diferencia entre el Android que conocí en 2011 y el de 2018 era abismal. Durante un par de semanas o un mes extrañé cosas de iOS a las que poco a poco les fui encontrando alternativas en la competencia. Cosas que, por aquello de moverme en el mundo del periodismo tecnológico, seguramente iban un poco más allá de las consideraciones técnicas que tiene un usuario promedio a la hora de comprar un smartphone.

Creo que para hacer una comparación más o menos justa sería necesario hacerla entre un iPhone y un celular Android de la misma gama, lo que no solo se refiere al poder de la máquina, sino al precio. En esas condiciones debo decir que si no hubiera más alternativas que la gama alta, seguramente habría preferido hacer la inversión en el mundo de Apple. Pero el precio fue un factor fundamental a la hora de tomar la decisión de migrar.

iPhone 12 Pro
Y así luce el nuevo iPhone 12 Pro. Foto: Apple.

Hoy, un par de años después de haberme movido a Android, he tenido la oportunidad de volver a usar un ‘último modelo’ de Apple, el iPhone 12 Pro. Y fue como volver 9 años en el tiempo, pues su diseño de bordes planos es muy parecido al que exhibía el 4S que fue mi primer smartphone. Claro, es más grande, más robusto, más potente, tiene más cámaras; es mucho, MUCHO más avanzado, pero el principio básico del diseño es el mismo. Y es un diseño tan elegante que una de las primeras cosas que lamenté fue darme cuenta de que en el paquete (en el paquete del préstamo, no en la caja del iPhone) también venía una cubierta protectora de plástico que le hace perder toda la gracia al equipo.

Si bien una de sus características es que tiene una construcción más resistente a los golpes, pensé que por algo la incluyeron y decidí que era mejor no correr riesgos con un equipo de… permítanme confirmo… sí: con un equipo de 7 millones de pesos… ¡7 millones de pesos! Seguramente jamás se me habría pasado por la cabeza comprarlo con mi propio dinero.

Nada de nervios, todo bajo control

Como el hombre es un animal de costumbres, pensé que volver al mundo iOS iba a ser un poco complicado, pero no ha sido así. Seguramente muy en el fondo de mi inconsciente (o de mi subconsciente; por favor, que un psicólogo o un psiquiatra nos resuelvan la duda) guardaba el recuerdo de lo que era manejar un iPhone. Y… sí, no ha sido poco frecuente que haga un gesto que corresponda más al mundo Android, pero nada que el tiempo no termine de resolver. Lo que más me ha costado es tener que buscar en la parte superior de la pantalla botones para ejecutar acciones que en el sistema operativo móvil de Google se activan desde abajo; volver a la página anterior en el navegador o en una app, por ejemplo.

De nuevo, una comparación entre el Android que venía usando y un iPhone 12 Pro resulta completamente desequilibrada en términos de desempeño, porque el procesador A14 Bionic del equipo de Apple es un ‘volador’. La empresa fabricante dice que es el procesador más rápido de cualquier celular; comprobarlo requiere benchmarks y análisis en los que un mortal común y corriente seguramente ni siquiera pensaría. Pero basado en la experiencia de uso diaria, no creo que Apple esté exagerando.

Otra cosa que me sorprendió gratamente, porque sufrí con ella en mis últimas semanas con el iPhone 6, fue la duración de la batería. Apple nunca ha sido amigo de expresar la carga de sus equipos en mAh (miliamperios hora), a pesar de que en el mundo Android es un argumento de venta contundente. Pero dejémoslo en que incluso durante el periodo de estreno y ‘reacondicionamiento’, en el que uno como usuario suele pasar más horas frente a la pantalla del smartphone, la carga alcanzaba para un par de días completos.

Cuando guardé mi iPhone 6 en el cajón de los equipos que ya no usaba, una de las debilidades más mencionadas del mundo Apple era la calidad de las imágenes nocturnas. De día, las fotos y los videos eran excelentes; pero de noche, la cosa no pintaba tan bien. Y ese ha sido uno de los aspectos en que se nota evolución. Durante la presentación del equipo me mostraron fotos que yo no podía creer que fueran tomadas de noche o en ambientes oscuros. Pero resulta que sí. Claro, las fotos que uno toma en la casa no suelen ser tan bonitas como las que se usan en las campañas de mercadeo, pero es cierto que el iPhone 12 Pro toma muy buenas fotos de noche y en ambientes con iluminación difícil, como un contraluz.

No hay felicidad completa

Ahora bien, tengo que admitir que hay un par de cosas que extraño mucho del mundo Android. Antes eran tres, pero en la versión 9 se comenzó a restringir la posibilidad de grabar llamadas, y desapareció por completo en la 10. Para mí como periodista, poder grabar las llamadas directamente, sin necesidad de conectar cables, activar el altavoz o recurrir a aplicaciones de terceros que graban en modo de conferencia ¡era el paraíso! Ahora que eso tampoco existe en Android, quedan las otras dos.

La primera es la posibilidad de organizar los íconos en la pantalla como yo quiera. Y cuando digo como yo quiera no me refiero solamente al orden en que aparecen, sino a la cantidad de filas y columnas en que los distribuyo, a la posibilidad de ponerlos en el sitio que quiera, así quede uno en la esquina superior izquierda y el otro en la esquina inferior derecha de la pantalla sin más que un espacio vacío entre los dos. Algunas de estas características mejoran o son más versátiles con la instalación de un launcher que, hasta el momento, no me ha causado problemas mayores; quizás solo un par de desajustes mientras aprendí a usarlo.

Las personas psicorrígidas (nunca he sabido si ese es un término correcto o si tiene implicaciones clínicas que lo hagan un poco exagerado), como yo, sufrimos cuando no podemos hacer que las filas y columnas sean ocupadas por aplicaciones de una misma familia, y lo usual es que siempre falte o sobre algún ícono para completar una fila, un asunto que es más fácil resolver en Android.

La otro que extraño es la flexibilidad del sistema de archivos. No tengo completamente claro si es un asunto de seguridad –creo que la cosa va por ese lado– pero aunque Apple ha evolucionado en ese aspecto y permite crear carpetas personalizadas en el iPhone, el acceso al sistema de archivos no es total, como sí lo es en Android.

De hecho, mediante el uso de una aplicación de Google puedo conectar mi Android al computador personal –sí, incluso a un Mac, sin tener que rootearlo– y tener desde allí acceso al directorio completo del smartphone. Esa fue la característica que redujo el dolor de perder mis conversaciones de WhatsApp al pasar de una plataforma a otra, pues no me causaba gracia eso de tener que pagar 30 dólares por la aplicación de un tercero para hacer la transferencia. (Aquí cabe anotar que WhatsApp permite hacer copias de seguridad para recuperar la información en otro celular con el mismo sistema operativo, pero no hay una manera nativa y transparente de migrar entre iOS y Android). Lo que hice fue guardar en una carpeta de mi computador los miles (sí, miles) de fotos, audios y videos de WhatsApp que tenía en mi celular con Android para que no se perdieran… No tengo idea de cómo hacer eso en el iPhone. ¿Alguien me cuenta?

iPhone 12 Pro

Pero el mundo iPhone también tiene sus ventajas, y muy grandes. La que más valoro es que las actualizaciones se distribuyan de manera homogénea a todos los dispositivos que pueden recibirlas. Que el usuario decida o no moverse a la versión más nueva ya es cosa de él, pero las actualizaciones están disponibles para todos en cuestión de días, en el peor de los casos. En cambio, la actualización a Android 9 llegó a mi smartphone casi un año después de que salió al mercado; la actualización a Android 10 tardó menos, pero de todas formas fueron meses. Y tener que esperar meses para recibir una actualización realmente no es algo que los usuarios valoremos mucho. Las actualizaciones de seguridad sí llegan puntuales cada mes, también hay que decirlo.

En ese mismo orden de ideas, los fabricantes de equipos con Android anuncian entre sus ventajas la actualización a futuras versiones por dos años… ¿dos años? El recientemente lanzado iOS 14, la versión actual del sistema operativo del iPhone, está disponible para todos los equipos hasta el iPhone 6S (un smartphone de finales de 2015), y todavía tiene prácticamente un año de vida por delante; de manera que dos años (o dos actualizaciones del sistema operativo, en otras palabras) parecen realmente poco.

Es cierto que Apple no ha sido ajena a críticas e incluso problemas judiciales por el tema de la obsolescencia programada, pero estamos hablando de que hoy, las versión más reciente de su sistema operativo está disponible para equipos de hace 5 años, no de solamente dos o tres…

Otra cosa que parece menor, pero que a mi juicio no lo es, es el teclado. Creo que el Gboard nativo de Google en Android le da ‘sopa y seco’ al teclado de iOS, pero últimamente le he tomado aprecio al Microsoft SwiftKey, que está diponible –con algunas pequeñas diferencias– para ambas plataformas. En este caso, un tercero es el que dirime el pleito.

Un asunto que está en el punto medio son las capas de personalización, que son algo así como complementos a la funcionalidad del sistema operativo que cada fabricante agrega a sus dispositivos. Cuando migré a Android, un amigo conocedor del tema me sugirió pasarme a una marca que no tuviera capa de personalización, básicamente porque «molestan» menos. Hoy, he recibido magnificas referencias de MIUI (la capa de personalización de Xiaomi), aunque también una que otra queja de usuarios de otras marcas. Pero todavía recuerdo y valoro la recomendación de mi amigo, pues nunca tuve problemas mayores con Android puro.

Del mundo Android también me gusta la posibilidad de usar doble SIM (tener dos líneas telefónicas en el mismo equipo) y de ampliar la memoria con una tarjeta Micro SD. Pero con 512 GB en el modelo más costoso del iPhone 12 Pro esto último no parece una necesidad imperiosa; de hecho, en mi caso particular, creo que nunca llegué ni siquiera cerca al límite de los 128 GB de mi Android; pero seguro alguien sí necesitará más.

Por otra parte, aunque me gusta la idea, nunca he tenido dos líneas en mi celular, de manera que también es algo que, en mi caso, se queda en el campo del gusto. Y no sé si ahora que prácticamente todos los operadores ofrecen llamadas ilimitadas a cualquier destino dentro de sus paquetes, todavía sea necesario tener dos líneas; no creo que lo sea, al menos en términos de tarifas, pero seguramente a alguien le sirven con otros fines (una línea para la familia y otra para asuntos laborales; la personal y la de la empresa, por ejemplo).

Pero, entonces… ¿con cuál me quedo?

Con cuál me quedo es una pregunta que me niego rotundamente a responder en público, porque no quiero tomar partido en una discusión que suele abordarse con más pasión que razón. A los que pensamos así, antes nos llamaban justos, equilibrados, ecuánimes… ¡objetivos! Hoy nos dicen tibios… Pero creo que puedo compartir con ustedes tanto lo que me sale de la cabeza como lo que me sale de… iba a decir «del corazón», pero tal vez suene un poco cursi. Digamos que de mis entrañas. Voy a compartir con ustedes mis tibiezas.

Si tener un iPhone 12 Pro dependiera de mi presupuesto, claramente ni siquiera me tomaría la molestia de pensarlo. Ni siquiera contemplaría el iPhone 12 mini de 64 GB, el más económico de la gama, que vale 4 millones de pesos. La ecuación se invierte al pensar en el iPhone SE, cuyos 2,2 millones de pesos son un precio más asequible, pero cuya pantalla resulta un poco pequeña para mis necesidades actuales. Es cierto que que hace un par de años odiaba las pantallas grandes, pero ahora reconozco su utilidad; ahora solo odio las extravagantemente grandes…

Sin embargo, tampoco creo que la eterna discusión con respecto a que tener un iPhone es más una cuestión de prestigio que de calidad sea cierta. Estoy convencido de que el poder de cómputo, la calidad del sistema operativo, la versatilidad del ecosistema, las aplicaciones con que cuenta y otros factores van más allá del prestigio: el iPhone es un dispositivo de alta calidad. El prestigio es un valor agregado.

Por ese mismo camino hay que recordar que el mundo Android también tiene su gama alta, en la que se encuentran equipos por encima de los 5 millones de pesos, sin incluir ahí los de pantalla plegable, que son mucho más caros. En el otro plato de la balanza hay que decir que Apple es una marca cara, no solo en el mundo de los celulares, sino también en el de los computadores de escritorio, portátiles, relojes, audífonos. Como amante de la música, me sorprende que una aplicación tan capaz como Logic Pro X (desarrollada por Apple) solamente cueste 200 dólares; quizás es la excepción que confirma la regla. Pero el asunto es que el iPhone no solo es caro por ser iPhone, sino por ser Apple. De hecho, no quiero imaginarme cuánto irá a costar el celular con pantalla plegable de Apple cuando finalmente llegue al mercado.

Los smartphones costosos no son patrimonio exclusivo del mundo iPhone, aunque hay que reconocer que Apple es una marca cara por naturaleza, en todas su líneas de productos. Pantallazo capturado de Alkosto.

Nota necesaria: también hay que decir que con el dólar coqueteando a los 4.000 pesos la cosa es todavía más complicada. Entre 2011 y 2012, cuando compré mi primer iPhone, el precio rondaba los 2.000 pesos, que si bien para la época ya era un inconveniente, era más manejable. Pensar en un iPhone 12 Pro alrededor de los 3,5 millones de pesos (equipo de hoy, precio del dólar hace 9 años) tendría mucho más sentido para mí…

Al final, lo que me quedó claro desde que migré a Android hace un par de años es que yo no necesito un celular de gama alta (pero tampoco me pongo bravo si me lo prestan); uno de gama media resuelve mis necesidades, en especial ahora que los fabricantes se preocupan cada vez más por ofrecer características avanzadas a un precio asequible.

Y aunque hay equipos de Apple más económicos que otros en sus diversas líneas, ninguno –como ya lo dije antes– es de gama media y mucho menos, baja. Pero también retomo mi razonamiento de unos párrafos atrás: si en el mundo solo existiera la gama alta, seguramente invertiría ese dinero en un iPhone… porque tendría actualizaciones del sistema operativo a tiempo, por más años, una vida útil más larga; porque me gusta el ecosistema de Apple (en materia de tabletas, por ejemplo, no tengo intención de moverme del mundo iPad)… en fin, porque me gusta el iPhone.

Cuando la decisión pasa solamente por la necesidad, seguramente todos estaríamos dispuestos a comprar más de lo que necesitamos sin muchos reparos. Pero cuando pasa por el presupuesto… hmmm… Ahí la razón pesa más que el corazón. Y quizás puedo pecar un poco de ser sesgado, pero debo confesar que mi corazón está con iPhone, pero mi bolsillo está con Android… y mi bolsillo ejerce mucha influencia sobre mi razón… salvo cuando se trata de comer cazuela de mariscos: en ese caso, no me fijo tanto en el precio.