El fraude nunca ha sido sencillo, no solo por su variedad y sus implicaciones morales, también por sus implicaciones logísticas. Una muestra de ello lo refleja el reciente ‘El verdadero costo del fraude’, un informe basado en una encuesta realizada entre 121 ejecutivos de áreas de riesgo y fraude en Argentina, Brasil, Colombia y México.
Según el informe, cada transacción fraudulenta resulta en 3,68 veces el valor de la pérdida inicial, una vez incluidos los impactos en la investigación, la operación, la regulación y la experiencia del cliente. En el caso colombiano, el más alto de la región, por cada dólar perdido se generan 7,46 dólares adicionales de costos asociados.
Por cierto, el promedio regional es de 6,86 dólares. El dato del costo se obtiene mediante un ‘multiplicador de fraude’ diseñado por LexisNexis Risk Solutions, que suma a la pérdida nominal los gastos en investigación, operaciones, cumplimiento legal y recuperación de clientes.
A pesar de estas cifras y riesgos, se estima que en Colombia el 57 % de los clientes abandona las plataformas debido a la fricción generada por los controles de seguridad. Esta tasa de deserción es la más alta de la región, compartida con México. También en Colombia, el 43 % de las pérdidas por fraude se concentra específicamente durante la actividad transaccional.
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Impacto y métricas regionales
Además de Colombia, los costos por cada dólar defraudado varían: México registra 7,22 dólares, Argentina 6,44 dólares y Brasil 6,35 dólares. Aunque Brasil tiene el costo unitario más bajo, presenta el mayor volumen de transacciones fraudulentas exitosas, con un promedio de 1.243 eventos mensuales.
El incremento de la digitalización ha desplazado el riesgo hacia los canales móviles. Nueve de cada diez empresas reportan un aumento en ataques mediante aplicaciones y pagos sin contacto. En Colombia, el 82 % de las pérdidas por fraude se originan en el ámbito nacional.
El fraude de tercera persona, aquel que ocurre cuando delincuentes utilizan información personal robada de víctimas para abrir cuentas, solicitar préstamos o realizar compras sin su consentimiento, es la modalidad con mayor impacto, representando el 51 % de las pérdidas totales en el sector financiero latinoamericano.
Esta categoría incluye el robo de identidad, la toma de control de cuentas o ‘account takeover’ y el uso de cuentas ‘mula’ para la transferencia de fondos. Su frecuencia se atribuye a la capacidad de los atacantes para operar de forma externa mediante datos obtenidos en filtraciones masivas.
Argentina reporta la mayor incidencia regional en esta modalidad, con un 52 % de sus pérdidas atribuidas a terceros, seguida de cerca por Colombia con un 51 %. A diferencia de las estafas o fraude de primera persona, donde el titular de la cuenta engaña a la institución, el fraude de terceros utiliza identidades ajenas. Esto dificulta la detección en el punto de registro o ‘onboarding’, donde se origina el 21 % de las pérdidas en la región.
“El fraude en Colombia está cada vez más impulsado por la actividad transaccional y el abuso doméstico por parte de terceros”, dijo Oscar Jesús Flores, experto en fraude e identidad de LexisNexis Risk Solutions.
Canales digitales y estafas
Además de estas tendencias, el fraude regional se concentra en el uso de tarjetas y billeteras digitales. La adopción masiva de estos métodos de pago ha desplazado el riesgo hacia las transacciones en línea, donde la velocidad del procesamiento dificulta la ciberseguridad y detección inmediata. Piense, por ejemplo, en los retos de las transacciones inmediatas en Bre-B.
Otro reto es la interoperabilidad. Según el estudio, casi la mitad de todo el fraude relacionado con dispositivos móviles ocurre a través de aplicaciones de terceros o canales sin contacto. En comparación, las pérdidas vinculadas a las aplicaciones y billeteras propias de las empresas se mantienen en niveles inferiores.
Este incremento está vinculado a la proliferación de ‘software’ no oficial o malicioso que permite a los delincuentes interceptar credenciales y realizar operaciones fraudulentas directamente desde los dispositivos de las víctimas. Una tendencia que se espera crezca en eventos globales masivos, como en el cercano mundial de junio.







