El activismo digital importa, es válido y útil, y lo es ahora incluso más que en el pasado reciente. En medio de esta pandemia, que estemos en casa no significa que no se pueda trabajar colaborativamente. Y al igual que como sucede con todas las demás actividades en estos días, la movilización social, el activismo, también se reinventa.

Hablar de activismo digital puede generar malestar, porque a simple vista puede ser percibido como una actividad ligera que no sirve para nada o, al contrario, precisamente por la incomodidad que los activistas pueden generar cuando denuncian o ejercen presión. Y el debate sigue existiendo en torno a la pregunta básica: ¿realmente funciona? La respuesta más sensata es: depende. 

Si bien no se ha comprobado la incidencia de las movilizaciones en redes sociales en algunas de las decisiones que se han tomado, sí hay sospechas, como el que ciertas acciones se ejecutaron luego de haber logrado posicionar un tema de discusión. Como la petición ciudadana de la #CuarentenaPorLaVida, la prolongación de la misma (en vez de un aislamiento inteligente) y otras curiosas ‘casualidades’.

Para José Luis Peñarredonda, periodista e investigador en cultura digital, la percepción –subjetiva– es que a los estamentos de poder (ejecutivo, legislativo o gremios) sí les está importando cada vez más lo que pasa en las redes: «Hay personas pendientes de eso y utilizan, cuando les conviene políticamente, lo que pasa en redes como un mecanismo de presión. Es difícil saber cuándo es efectivo y cuándo no. Lo cierto es que siempre hay gente dispuesta a mover esas cosas. Pero uno no sabe qué tanto de eso se vuelve un hecho político real».

Pero esto no es una situación nueva generada por la pandemia actual. Las técnicas para visibilizar problemáticas y generar transformaciones sociales han venido cambiando con los años, bien sea en derechos LGBTI, la crisis climática, el asesinato de líderes sociales o la corrupción, entre otras causas. Pero ahora, en un momento en el que no se puede salir a la calle a marchar, la innovación, la articulación, la colaboración y la estrategia son más urgentes.

No se trata de reemplazar la protesta social en las calles. En realidad, esta es una oportunidad para tomar lo mejor de cada escenario (presencial y virtual) y seguir trabajando en problemáticas sociales.

¿Qué es el activismo digital?

Dice el Ministerio TIC que el activismo digital es el «ejercicio de la ciudadanía y del compromiso social mediante la participación activa en redes sociales de personas naturales o jurídicas creando dinámicas de información, sensibilización, educación y movilización social usando la web». Aunque es una definición un tanto limitada, porque hablar de digital no se limita a las redes sociales o la web.

Para intentar entender, grosso modo, este entorno, es necesario recurrir a varias definiciones.

La doctora en comunicación Noelia García Estévez explica que el ciberactivismo (también conocido como activismo en Internet, activismo web o activismo ‘online’, entre otros) «se basa en el uso de las tecnologías de la comunicación y la información con fines activistas, gracias a su rápida y eficaz comunicación, capacidad de difusión de información específica a audiencias grandes y específicas, así como la coordinación». 

Aparte del término principal, García también nos habla de:

  • Hacktivismo: que emplea métodos más tecnológicos y especializados para presionar y conseguir sus objetivos. Aquí se usa el hacking como principal técnica.
Por definición, el hacktivismo incluye acciones como ataques DDoS, ataques netstrike, uso de exploits, el doxing, el copwatching, el google bomb, las Fake News, el redireccionamiento de las páginas web institucionales u oficiales, el robo de datos y filtraciones. Pero recordemos que la definición no legitima las acciones irregulares que involucra el concepto.
Foto:  Luther Bottrill en (Unsplash).
  • Slacktivismo: más conocido como el activismo de sofá o de sillón, que se refiere al activismo en línea, donde la persona continúa con sus actividades habituales y su acción es mínima, limitándose a dar un ‘me gusta’ o compartir algún contenido a través de sus redes sociales. Este es un activismo con un nivel bajo de compromiso y «de escasa capacidad de transformación». Es el más criticado, por considerar que quienes lo practican persiguen el «‘sentirse bien’ haciendo público su apoyo a un tema o causa pero con poco impacto político o social. El slacktivismo no consigue generar efectos importantes en el tejido social y normalmente solo beneficia los egos de la gente que lo realiza».
  • Clicktivismo: es en el que utilizan las redes sociales para organizar protestas, cuantificando el éxito en función del número de personas que hacen clic en una petición o cualquier otro llamado de acción, como por ejemplo, las peticiones que se hacen a través de Change.org. Sin embargo, aquí se persiguen los números (el clic), «mejorar métricas, como si de un anuncio publicitario se tratara, con mensajes más eficaces capaces de captar el ‘me gusta’ del usuario pero incapaces de movilizar conciencias ni de transformar la sociedad».
  • Activismo de hashtag: «Se caracteriza por su bajo nivel de implicación». Aquí, la acciones del usuario se limitan a usar una etiqueta determinada. Destaca la doctora García que a pesar de ser escasamente comprometido, en ocasiones consigue captar la atención de los medios de comunicación, algo especialmente importante en países con restricciones democráticas. Sin embargo, hay que ser sumamente cuidadosos a la hora de analizar tendencias porque es usual que un hashtag se use con sátira o como crítica, no necesariamente a favor.

Los 6 hashtags más utilizados relacionados con la pandemia fueron los mismos en
tanto en Instagram (izquierda) como en Facebook (derecha). Otros hashtags comunes incluyen consejos como #QuédateEnCasa. Fuente: Social Breakers.

Lea aquí: Origen, evolución y estado actual del activismo digital y su compromiso social. Ciberactivismo, hacktivismo y slacktivismo.

Por otro lado, José Candón Mena, doctor en ciencias de la comunicación y sociología, menciona en su libro ‘Internet en movimiento: nuevos movimientos sociales y nuevos medios en la sociedad de la información’ que existen 6 movimientos nacidos como consecuencia de la disrupción tecnológica con implicaciones comunicativas y sociales: la defensa de la red como bien público, la defensa de la privacidad, la libertad de expresión en la red, la propiedad intelectual, la cultura libre y el software libre y los movimientos sociotecnológicos.

Nuevas formas de protesta, de movilización y de acciones colectivas

Así las cosas, hablar de activismo digital y limitarlo a las redes sociales no es acertado. No en vano, uno de los mensajes recurrentes es pasar del clic a la acción, aunque es posible actuar haciendo clics. Pero si se abre el panorama a movilizaciones habilitadas por la tecnología, nos encontramos entonces ante un horizonte sin límites.

Peñarredonda está de acuerdo con que las críticas al activismo de sofá siguen vigentes: «No le cuesta nada al que lo hace y asimismo no genera nada». Resalta que el cambio social se logra a través de organizar a la gente, destinar tiempo y recursos. Y aunque considera que hay causas más compatibles que otras con el activismo digital, sí hay que crear formas novedosas de hacer protesta.

Imagen: Freepik

Un ejemplo y caso real en Colombia es el trabajo que desde 2016 realiza el Movilizatorio, un laboratorio de participación ciudadana e innovación social. Esta organización ha trabajado en temas como medio ambiente, educación, género, reconciliación y líderes sociales, y actualmente encabeza la campaña ‘Colombia cuida a Colombia’.

Lo que hoy permite la tecnología es que estemos conectados, que podamos compartir información y organizarnos a una escala nunca antes vista, porque con un solo clic les puedes llegar a miles de personas. Además de las redes, existen otras plataformas específicas para movilizar. 

Juliana Uribe, activista y directora ejecutiva de Movilizatorio

Por ejemplo, en Movilizatorio crearon una plataforma de movilización digital, El Avispero, que busca fomentar la participación ‘alborotando el avispero’ y ‘avispando’ a otros. Solo con este proyecto lograron asegurar la participación de personas de su comunidad –avispas– en mesas de paz, medio ambiente y juventudes en la Gran Conversación Nacional del presidente Iván Duque.

Con el proyecto de ‘Colombia cuida a Colombia’, creado para disminuir el impacto del COVID-19 en las poblaciones más vulnerables, se han beneficiado a más de 5.000 personas en 67 municipios, a través de la recaudación de más de 434 millones de pesos en donaciones. Aquí los aportes se pueden hacer en dinero, especie (alimentos o insumos médicos) o en tiempo (como voluntario).

Algunas pautas para hacer activismo digital

Para hacer activismo digial se necesita tener una excelente base de datos, ser muy activo, ser recurrente, tener una estrategia donde uno sepa qué está buscando y cuál es el éxito. Hay que mantener informadas a las personas sobre las victorias, tener a las personas conectadas, darles la oportunidad de participar en los espacios, ser muy bueno comunicando y entendiendo a quiénes quieres movilizar, para qué quieres movilizar y qué tecnología vas a usar (radio, televisión, WhatsApp, etc.).

Juliana Uribe, activista y directora ejecutiva de Movilizatorio.

Crear redes de actores, conectar aliados y buscar fuentes de financiación son algunas de las acciones que resalta Peñarredonda a la hora de hacer activismo digital. No es en vano que durante la pandemia hayan aumentado las ‘vacas’ (colectas) en línea, donaciones y otro tipo de recursos que buscan financiamiento para una causa específica relacionada con los efectos económicos, ambientales y sociales generados por la pandemia. Bien sea para proteger al personal de salud, para ayudar en el Chocó, para llevar mercados al barrio Junín en Popayán o para apoyar a los emprendedores afectados por el COVID-19, entre otras).

Por otro lado, Uribe suma la importancia de crear bases de datos, conocer a las personas de la red, saber quiénes son y qué hacen. Adicionalmente, estos son otros elementos para tener en cuenta:

●El uso de mensajes de texto (SMS), que aunque está a la baja, sigue siendo una herramienta fundamental de comunicación. Especialmente en un país como Colombia, donde la conectividad rural aún es escasa, pero en el que ya hay más celulares que personas. Si bien no hay cobertura 4G en muchas zonas del país, sí hay 2G o 3G; a esto se le suma el hecho de que como medida para garantizar un mínimo de comunicación durante la pandemia, los operadores móviles habilitaron el envío y la recepción de 200 mensajes de texto gratis para todos los usuarios (prepago y pospago). Pueden ser una herramienta muy poderosa de sensibilización y difusión, especialmente en poblaciones vulnerables y con acceso limitado a medios digitales.

El correo electrónico sigue siendo un instrumento útil para informar, generar debate y coordinar acciones. No estar en redes sociales no es una limitante para hacer activismo digital.

Las redes sociales, aunque se han banalizado, bien gestionadas (especialmente de manera organizada y con estrategia) son de crucial importancia en la difusión, gestación, organización y coordinación de acciones de protesta. Además, allí están las personas que toman decisiones, no en vano Twitter es la plataforma preferida de los políticos y, aunque ha sido un proceso lento en ellos, en algunos casos sí comienzan a escuchar lo que pasa en redes, lo que se les informa, cuestiona o sugiere.

La firma de peticiones a través de distintas plataformas web como Change.org, Oiga.me o Avaaz.org, funciona y existen varios casos documentados de las victorias logradas a causa de la presión generada por estas causas.  Ya hay varias peticiones dentro del contexto de la pandemia, como la que pide la suspensión del cobro de las pensiones de los colegios, el rechazo al Decreto 538 que obliga al personal de salud trabajar sin garantías contra el COVID-19, entre otras.

Programación, ya sea a través del desarrollo web, de aplicaciones o de software. Existen casos en los que la causa de movilización puede necesitar de una plataforma, por ejemplo para usar la geolocalización, para hacer sondeos, para comunicarse o para realizar cualquier tipo de acción. Por ejemplo, las páginas que el Movilizatorio desarrolla para cada proyecto de movilización.

Formatos y canales para viralizar mensajes, bien sea a través de videos (en diferentes plataformas), imágenes, memes, podcast, blogs, foros y grupos, entre otros. El compromiso y uno de los principales retos está en las habilidades de comunicación.

Es necesario investigar, crear mensajes acertados y responsables. Es común que en el afán de hacer denuncias se caiga en el círculo vicioso de compartir informaciones falsas o manipuladas, en unos casos por ingenuidad y en otros, siendo conscientes de ello. Recomendación: no caer ante la tentación del retuit o el compartir sin pensar en las consecuencias.

Retos del activismo digital

Como señaló Peñarredonda, hay causas que no basta con moverlas en Internet para que cambien las cosas, hay temas más sensibles que otros y en los que los riesgos cambian. Los beneficios del entorno digital también se convierten en problemas, por ejemplo el tener acceso a información. Una cosa es investigar un tema, otra el que investiguen a personas.

La visibilidad, la supervisión y la vigilancia son temas delicados, que incluso llegan a disuadir a personas que optan por no actuar digitalmente, por miedo precisamente a quedar fichadas o perfiladas, según explica Peñarredonda. La seguridad desde diferentes frentes es un punto álgido. Tanto a la hora de recopilar información de personas (proteger sus datos, por ejemplo), como a la hora de unirse como ciudadano a algún movimiento. El reto está en saber cuidar y gestionar la información de cada eslabón de la cadena.

Por otro lado, está el reto de la educación, la alfabetización digital. No se trata solo de tener una cuenta en redes sociales o un teléfono en la mano, aquí volvemos a discusiones sobre ciudadanía digital, consumo de información y responsabilidad.

Otro tema delicado es el de la comunicación. «Se requiere de mucha habilidad para llevar un mensaje de manera precisa. Un activista que no sea buen comunicador puede causar malentendidos«, comenta Peñarredonda. Esto, en el ‘mejor’ de los casos.

Imagen de kalhh en Pixabay.

La era digital –a la que recién algunos se están enfrentando a raíz de la pandemia– trae consigo la democratización en el acceso a la información, a bases de datos, a recursos o a educación, pero especialmente permite la posibilidad de conectar con otros, de estar más informados e involucrados en procesos políticos y sociales. Siempre y cuando exista neutralidad en la red, por ejemplo.

No estar en las calles no significa que no se pueda hacer algo. Vale la pena identificar organizaciones que estén abordando los temas de interés y comenzar a colaborar. Hacerlas visibles, construir puentes, apoyar, organizarse y ponerse manos a la obra.

Foto de portada: rawpixel (Freepik)