Por: Viviana Vanegas Barrero
Consultora en Transformación Digital y Política Pública, Unión Europea y Banco Interamericano de Desarrollo (BID)
Datos & política pública: la meta de pobreza digital que le falta al próximo Plan Nacional de Desarrollo
Durante años, Colombia ha medido su avance digital contando conexiones, accesos y redes desplegadas. Son indicadores necesarios, pero no suficientes. Una persona puede tener un celular y aun así no contar con una conexión de calidad, un dispositivo adecuado o las habilidades para estudiar, trabajar, hacer un trámite o aprovechar la Inteligencia Artificial. Puede estar conectada y, sin embargo, seguir excluida.
Esta reflexión ha orientado buena parte de mi trabajo en política pública. Inspirada en Amartya Sen y en la invitación de Abhijit Banerjee y Esther Duflo a entender las privaciones concretas que condicionan las decisiones de los hogares, comprendí que la inclusión digital no consiste en entregar tecnología. Consiste en ampliar capacidades y libertades reales.
Por eso, la decisión digital que priorizaría para 2026-2030 es incorporar en el próximo Plan Nacional de Desarrollo una meta nacional, medible y verificable de reducción de la pobreza digital. El objetivo último no es mejorar un indicador: es ayudar a que más hogares escapen de la trampa de la pobreza.
Junto con un gran equipo del Departamento Nacional de Planeación desarrollamos el Índice de Pobreza Digital para dar ese giro. Con datos de 2024, se encontró que 16,79 millones de personas mayores de 11 años –el 37,9 %– eran pobres digitales. La medición observa privaciones en 3 dimensiones: acceso a Internet de calidad, dispositivos y habilidades digitales. Así revela algo que los promedios de cobertura esconden: las barreras no son iguales para todos ni se resuelven con una única intervención.
La pobreza digital y la pobreza general se refuerzan. Un hogar con bajos ingresos tiene mayores dificultades para pagar Internet, adquirir un computador y desarrollar habilidades. A su vez, esas carencias restringen el acceso a educación, oportunidades laborales, información, servicios del Estado y herramientas productivas que podrían elevar sus ingresos. La falta de capacidades digitales de hoy reduce las oportunidades de mañana y reproduce la desigualdad entre generaciones.
Esta dinámica se profundizará más con la expansión de la Inteligencia Artificial. Para quien cuenta con conectividad, equipos y conocimientos, la IA puede ampliar su capacidad de aprender, producir y emprender. Para quien carece de ellos, puede aumentar la distancia frente a los demás. En esta nueva etapa, tratar Internet, un dispositivo adecuado o las habilidades digitales como lujos equivale a aceptar que el lugar de nacimiento o el ingreso determinen quién puede participar en la economía del futuro.
Colombia ya dio un primer paso. El CONPES 4144 dispuso que el DNP, con apoyo del DANE, diseñara e implementara una estadística oficial de pobreza digital, con medición anual y revisión metodológica periódica. Pero medir no basta. El siguiente paso es convertir esa información en una obligación de resultado mediante el Plan Nacional de Desarrollo.
¿Cómo hacerlo? Primero, fijando una línea base y metas nacionales y territoriales de reducción para 2030. Segundo, exigiendo que los principales programas de inclusión digital identifiquen qué privación reducirán, en qué población y territorio. Tercero, integrando las respuestas: donde el problema sea cobertura, desplegar infraestructura; donde sea asequibilidad, activar instrumentos de acceso; donde falten dispositivos o habilidades, actuar sobre esas barreras. Finalmente, publicando cada año los avances y corrigiendo las inversiones que no reduzcan privaciones.
No se trata de crear otra política aislada ni de reemplazar las metas de conectividad. Se trata de ordenarlas alrededor del impacto en las personas. La estadística oficial nos dirá dónde está la pobreza digital; la meta del Plan obligará al Estado a disminuirla.
En 2030 no deberíamos preguntar solamente cuántas redes desplegamos o cuántos recursos ejecutamos. La pregunta decisiva será cuántos colombianos dejaron de ser pobres digitales y, gracias a ello, ampliaron sus posibilidades de aprender, trabajar, producir y mejorar sus ingresos. La tecnología habrá cumplido su propósito cuando deje de ser una nueva frontera de exclusión y se convierta en una salida de la trampa de la pobreza.
Finalmente, este no es un debate nuevo: desde hace varios años sabemos que las tecnologías digitales no son un lujo. Pero seguir encontrando cifras indignantes nos obligó a repensar la manera de hacer política pública y a escalar la conversación. De esa urgencia surgieron instrumentos como la Canasta Básica TIC y el Índice de Pobreza Digital, creados para mostrar que la exclusión digital no es una carencia aislada: puede agravar otras privaciones y estrechar aún más las oportunidades. Como enseñan Sen, Banerjee y Duflo, la pobreza persiste cuando las privaciones de hoy limitan la capacidad de elegir mañana. Debemos insistir hasta que la inclusión digital deje de ser una promesa y se convierta en una vía efectiva para que los hogares de menores ingresos rompan esa trampa.
«La tecnología habrá cumplido su propósito cuando deje de ser una nueva frontera de exclusión y se convierta en una salida de la trampa de la pobreza».
5 puntos clave
- Estar conectado no significa estar incluido digitalmente.
- La pobreza digital restringe capacidades y reproduce la pobreza general.
- El próximo PND debe fijar una meta verificable de reducción a 2030.
- El Índice debe orientar soluciones distintas para privaciones distintas.
- El éxito digital debe medirse por las oportunidades que abre en la vida real.
Nota editorial de Voces TIC: Para ampliar esta discusión sobre conectividad significativa e inclusión territorial, vea «Conectividad significativa: la política de Estado que Colombia todavía no tiene», de Sandra Milena Urrutia Pérez y «Del taller de reparación de celulares al hardware libre», de Fredy Enrique Mena Andrade.


