El arte de moldear la IA: soberanía y creación humana

En el marco del Festival Internacional de Cine por los Derechos Humanos (FICDEH), tres voces del arte y la academia en Colombia y Latinoamérica coincidieron en lo que debería sostener cualquier política y práctica de IA en la creación.

La relación entre Inteligencia Artificial y arte, hoy más que nunca, es una discusión sobre poder, autoría y sostenibilidad. Así quedó plasmado durante la charla ‘El arte de moldear la IA’, en el Festival Internacional de Cine por los Derechos Humanos Colombia (FICDEH), que en 2026 llegó a su decimotercera edición. La conversación, parte del ciclo Charlas que Unen, reunió en la Universidad Minuto de Dios a estudiantes de comunicación y a voces que trabajan la creación desde distintos lenguajes.

En la mesa estuvieron Ana Guzmán, diseñadora de imagen y sonido, especialista en Inteligencia Artificial por la Universidad de Buenos Aires y líder del MediaLab de la Cinemateca de Bogotá; Felipe César Londoño, fundador del Festival Internacional de la Imagen, vicerrector académico y director de la Cátedra Unesco en Arte, Ciencia e Inteligencia Artificial de la Universidad Jorge Tadeo Lozano; y Juan Santiago Cifuentes, profesor del Departamento de Diseño de la Universidad de los Andes y autor del proyecto de investigación Poética Artificial. La moderación estuvo a cargo de Sandra Defelipe, editora de Impacto TIC.

La pregunta de fondo no fue si lo que produce una máquina es o no una obra de arte. Fue otra, más incómoda: si el país escribiera hoy sus reglas para la IA, ¿qué no puede quedar por fuera? Las respuestas de los invitados dibujaron tres exigencias, la ética, la soberanía y la transparencia, y una convicción compartida sobre lo que ninguna herramienta reemplaza en la creación.

¿Tiene Colombia una hoja de ruta para la IA en el arte?

El punto de partida fue jurídico. Colombia aprobó el 14 de febrero de 2025 el CONPES 4144, la Política Nacional de Inteligencia Artificial, con un presupuesto estimado cercano a los 479.000 millones de pesos y vigencia hasta 2030. El documento organiza seis ejes estratégicos, entre ellos ética y gobernanza, y define quién trabaja y con qué recursos. En el Congreso, además, se han radicado más de una decena de proyectos de ley para regular la IA en frentes como trabajo o transporte, varios de ellos archivados. Durante la charla se mencionó que las iniciativas legislativas llegaron a sumar cerca de 19.

A ese marco se suma una definición clave para el sector: la Dirección Nacional de Derecho de Autor sostiene que los resultados generados por programas de IA no son inscribibles en el Registro Nacional, porque la norma protege únicamente las creaciones producto de la inteligencia humana. Solo las personas físicas son reconocidas como autoras. El andamiaje vigente sigue siendo la Ley 23 de 1982 y la Decisión Andina 351 de 1993, ajustadas por resoluciones recientes, pero no reescritas para esta tecnología.

«Cualquier cosa que se haga en este momento es apresurada, sin embargo es necesaria. Cada camino que se empiece a trazar desde ahora es necesario para llegar a unas políticas realmente sostenibles a largo plazo», planteó Ana Guzmán.

¿De quién es una obra creada con Inteligencia Artificial?

Guzmán llevó la discusión legal hacia un terreno más filosófico. Para ella, la IA obliga a repensar la idea de autor que se instauró en la historia del arte hace siglos, porque un modelo se entrena con la producción acumulada de la humanidad.

«Cuando yo genero una imagen me lanzan la pregunta: ¿es una obra de todos o es una obra mía? Y si fuera una obra de todos, ¿cómo se protege eso? Y si es necesario proteger esa obra«, reflexionó Guzmán.

La diseñadora también cuestionó el reflejo de blindarlo todo. «Capaz no es necesario tener unas obras que son mías o que tengo que proteger, sino que esta idea de la Inteligencia Artificial también nos permita empezar a tocar otros terrenos, como unas obras colectivas», dijo. Antes de legislar la propiedad, conviene preguntarse qué merece protegerse.

¿Por qué la soberanía tecnológica es la pregunta de fondo?

Si tuviera que sentarse a escribir la ley, Guzmán defendería un principio previo a cualquier articulado: la soberanía. Y la definió como la capacidad de trabajar con el material propio, algo difícil de sostener frente a modelos opacos concentrados en pocas manos.

«Es muy difícil tomar decisiones éticas sobre algo que te entregan sellado, porque no puedes ni siquiera entender qué está pasando ahí adentro«, advirtió Ana Guzmán.

La investigadora cuestionó la promesa de una IA general capaz de resolverlo todo y propuso otro horizonte, el de modelos pequeños y específicos, pensados desde el sur global y con menor costo ambiental y económico. También compartió su preocupación frente a propuestas como la de entregar datos del Estado colombiano a la empresa Palantir, que citó como ejemplo de lo que ocurre cuando se cede el control de la infraestructura. Al cierre, conectó la técnica con la ciudadanía, defender la soberanía implica «aprender cómo está hecho» un modelo para poder desarmarlo, porque en ese conocimiento del material es donde se toman decisiones éticas.

¿Qué significa la transparencia cuando se crea con IA?

Juan Santiago Cifuentes trajo al debate un tercer principio. Para el músico y diseñador, lo que debería legislarse sin duda es la transparencia, entendida en varias dimensiones: saber con qué datos se entrena un modelo y garantizar que quienes aportaron sus obras dieron su aval. Esa exigencia, dijo, también recae sobre quienes trabajan en las industrias creativas.

«Si yo utilizo Inteligencia Artificial para empezar la portada de un artista, el artista también debe saber que la estoy usando, porque de alguna manera sus datos también están implicados», explicó Cifuentes.

El profesor compartió caso de Suno, la plataforma de generación musical señalada por usar obras sin consentimiento para entrenarse. «Yo pondría ahí la línea roja definitivamente», afirmó. Su apuesta no es satanizar la herramienta sino usarla de forma informada, para que quien la emplee sienta que aporta a un universo creativo colectivo sin afectar a las personas que hicieron posible ese proceso.

¿Se está quedando el sector creativo por fuera de la política de IA?

Felipe César Londoño introdujo una crítica frontal a la política pública. A su juicio, el Conpes 4144 ignora justamente al sector que discutía en la sala.

«Tenemos el Conpes, pero es un Conpes que le da la espalda al mismo sector creativo. Para nada aborda el tema de la Inteligencia Artificial en el arte«, sostuvo Londoño.

El dato institucional respalda la lectura, pues entre las entidades que lideraron la política figuran los ministerios de las TIC, Ciencia, Comercio, Educación y Trabajo, sin el Ministerio de Cultura, cuyo portafolio de estímulos tampoco contempló el tema. Londoño situó el reto en una escala regional. «En América Latina somos orgánicos, cada país establece su propia normativa», dijo, y reivindicó una gobernanza vinculada al territorio, la biodiversidad y los conocimientos ancestrales.

El telón de fondo económico es difícil de ignorar. El informe de la Unesco ‘Re|Shaping Policies for Creativity’, publicado en febrero de 2026 con datos de más de 120 países, proyecta que los creadores podrían perder hasta un 24 % de sus ingresos en música y un 21 % en el sector audiovisual hacia 2028. El mismo estudio calcula que cada día se suben más de 50.000 canciones generadas íntegramente con IA a plataformas como Deezer. Son las cifras que dan urgencia a la conversación.

¿Qué significa ser creador en el siglo XXI?

La discusión técnica desembocó, una y otra vez, en una pregunta humana. Cifuentes, que investiga las capacidades expresivas de la IA en su proyecto Poética Artificial, contó que trabajó 10 años entendiendo la física del sonido antes de ver a un modelo producir en segundos algo técnicamente correcto. En lugar de competir, decidió comprender.

«Lo que me falta a mí en la música que hace Suno es la falta de alma, la falta de esa historia humana, de esas experiencias compartidas. La creación viene desde lo humano«, expresó Cifuentes.

En esta conversación también participaron estudiantes de la universidad. En el auditorio uno de ellos se presentó como artista empírico y preguntó si usar IA lo descalificaba. Santiago Cifuentes, le respondió: «yo no soy quien decide quién es artista o no«. Y ahí, Ana Guzmán ofreció una imagen que resume la distancia entre la persona y la máquina: «La Inteligencia Artificial no puede salir de su casa, que es un servidor. Uno sí puede salir a la calle, encontrarse con el otro, maravillarse del mundo», dijo Ana Guzmán.

Londoño cerró ese hilo recordando a la investigadora brasileña Lucía Santaella. «Hay que estar cerca de los artistas porque ellos saben sin saber que saben», citó, para defender que es el creador quien le pone cara humana a la tecnología y anticipa hacia dónde puede ir su uso.

¿Con qué emoción conviene mirar la IA?

A lo largo de la charla se enunciaron diferentes emociones que genera precisamente la relación con la IA, como el temor o la preocupación, que es la agenda diaria que se puede percibir en la sociedad y los contenidos que circulan sobre esta tecnología.

Pero hay más, por eso, antes de finaliza la charla cada invitado compartió una emoción. Londoño y Cifuentes eligieron la misma: la curiosidad, ese impulso de indagar aun conociendo los riesgos. Guzmán prefirió otra palabra. «A mí me gusta maravillarme. Yo empecé a indagar en la Inteligencia Artificial desde ese lugar«, confesó Guzmán.

La conclusión no fue una norma ni una cifra, sino un método. Frente a herramientas que tienden a homogeneizar imágenes, sonidos y textos, los tres coincidieron en que el trabajo del creador es romper ese molde, preguntar de dónde vienen los datos y no delegar la última palabra. La curiosidad, más que una emoción, quedó planteada como una forma de ejercer soberanía sobre la tecnología que hoy atraviesa todos los oficios.

Redacción
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