El comercio electrónico acerca los libros a regiones con pocas librerías, y la Inteligencia Artificial empieza a cambiar cómo se descubren. Pero el mayor desafío de Colombia es convertir la oferta y el crecimiento editorial en nuevos hábitos de lectura.
Comprar un libro sin tener una librería a la vuelta de la esquina es un problema prácticamente resuelto. El comercio electrónico y la lectura en Colombia ha derribado fronteras logísticas, permitiendo rastrear catálogos internacionales, pedir títulos ausentes en las estanterías locales y llevar la literatura a rincones donde la oferta cultural sigue siendo precaria.
Sin embargo, democratizar el acceso no equivale automáticamente a multiplicar los lectores: ese es, precisamente, uno de los grandes cuellos de botella que enfrenta el sector editorial en el país.
A primera vista, los números acompañan. Según las cifras de la Cámara Colombiana del Libro, durante 2025 se vendieron 39,4 millones de ejemplares en el país superando los 37,9 millones registrados en 2024. En términos financieros, la industria movió 1,06 millones de millones de pesos, lo que representa un sólido crecimiento del 7,5 % frente al ejercicio anterior.
Pero el crecimiento comercial plantea una pregunta que va más allá de las ventas, ¿cómo transformar el dinamismo de las cajas registradoras en un verdadero ecosistema de nuevos lectores?
En este artículo:
- El acceso a los libros también depende de la geografía
- Colombia vende más libros, pero todavía tiene un reto de lectura
- La Inteligencia Artificial también empieza a recomendar qué leer
- Otras plataformas también están apostando por la IA para recomendar libros
- El comercio electrónico crece, pero el desafío está en ampliar el mercado
El acceso a los libros también depende de la geografía
Buscar un libro en Colombia cambia radicalmente según la ciudad donde se viva. Las grandes metrópolis disfrutan de ferias, pasillos llenos de estanterías y librerías de barrio, mientras que en buena parte de los municipios la oferta es reducida o simplemente inexistente.
Es ahí donde las plataformas digitales entran a cubrir el vacío. Juan Sebastián Niño, country manager de Buscalibre en Colombia, señala que la mayor dinámica de crecimiento no siempre está en los centros urbanos habituales, sino en regiones que la logística califica como trayectos especiales, territorios diversos que van desde Cúcuta hasta rincones insulares como San Andrés o selváticos como el Amazonas.
“Me atrevo a mencionar, por ejemplo, un Cúcuta. Un Cúcuta hay muy pocas librerías físicas, incluso creo que no hay. Y son las ciudades que hoy por hoy se están motivando más a leer”, dijo Niño.

Según Niño, la compañía ofrece un catálogo de más de siete millones de títulos, entre nacionales e importados. En Colombia, su operación cuenta con una bodega en Funza, Cundinamarca, donde almacena alrededor de 350.000 libros, y otra en Medellín, con cerca de 70.000 ejemplares en consignación.
Pedir un libro por Internet toma unos pocos clics, pero el envío depende de una cadena logística. La posibilidad de combinar libros de una bodega local con títulos importados tiene un costo en tiempo, la entrega varía según el origen del ejemplar.
Según Niño, Buscalibre ha asumido directamente parte de su distribución, que antes dependía de transportadoras y podía tardar entre cuatro y cinco días. El directivo cita un caso de Floridablanca, Santander, donde la compañía ahora hace las entregas con su propia operación en 24 horas.
“Antes un Floridablanca, digamos, Santander, lo entregábamos por medio de transportadora. Ahora lo hacemos nosotros mismos en un tiempo de 24 horas”, explicó Niño.
Aun así, la compra en línea mantiene barreras, el costo del transporte, la disponibilidad de inventario y los trámites aduaneros.
Los libros importados suman otras variables. De acuerdo con Niño, la empresa mueve unas 100 toneladas de libros al mes entre los países donde opera, por lo que depende de las condiciones comerciales y tributarias de cada uno. Como ejemplo, menciona que la ruta entre Colombia y Ecuador dejó de operar por los aranceles entre ambos países. También señala que las retenciones de carga por parte de la DIAN pueden retrasar la llegada de los pedidos.
Colombia vende más libros, pero todavía tiene un reto de lectura
Las cifras de ventas pueden inflar el entusiasmo, pero la realidad del hábito de lectura es más sobria. La radiografía realizada por la Cámara Colombiana del Libro e Invamer mostró que el colombiano promedio mayor de 18 años leyó 3,5 libros en 2023, aunque entre los lectores recurrentes la media escala a los 6,91 ejemplares anuales.
En cuanto a las preferencias, el romanticismo del papel le gana la partida al formato digital, el 55 % prefiere el libro físico, el 27 % lee en dispositivos electrónicos y el 18 % navega entre ambos. A la hora de sacar la billetera, el 58 % prefiere ir a la librería de toda la vida, mientras que apenas el 15 % compra por internet. La tienda física no solo resiste; sigue siendo el espacio de recomendación y descubrimiento por excelencia.
La lección de fondo es que la tecnología puede resolver la logística, pero no el desinterés. Cuando se indaga a los no lectores, el 45 % culpa a la falta de tiempo y un 26 % confiesa que prefiere dedicar sus horas libres a otras cosas. Poner millones de libros a un clic de distancia no crea lectores de la noche a la mañana.
Aun así, la oferta nacional sigue creciendo con vigor: en 2025 se registraron 19.024 nuevos títulos (más de 16,2 %), con las librerías independientes y cadenas capturando casi el 40 % del mercado.
Por último, el comercio digital enfrenta un obstáculo que no se resuelve con software, la desconfianza del consumidor. Como señala Niño, Colombia aún camina por detrás de gigantes como México o Brasil en madurez del e-commerce. Para muchos compradores locales, la incertidumbre de si el paquete llegará o el temor a ingresar la tarjeta de crédito siguen siendo razones suficientes para caminar hasta la librería física más cercana.
La Inteligencia Artificial también empieza a recomendar qué leer
La forma en que los lectores tropiezan con su próximo libro atraviesa una mutación silenciosa. Aunque los catálogos digitales rompen los límites físicos de las estanterías, poner millones de referencias en una pantalla genera una paradoja, la parálisis por abundancia. ¿Cómo elegir cuando no se tiene claro el autor, el título ni la categoría deseada?
Para atajar esa fricción, la industria empieza a integrar herramientas de Inteligencia Artificial. Un caso concreto es Buscalibre, que desplegó un chat recomendador diseñado para interpretar descripciones en lenguaje natural como buscar un libro para un niño de seis años con temáticas o valores específicos y traducirlas en sugerencias personalizadas.
Según datos de la propia compañía, 6 de cada 10 usuarios que interactúan con esta herramienta terminan ejecutando una compra, lo que, en palabras de Juan Sebastián Niño Benavides, ha permitido capturar ventas que antes se diluían en visitas infructuosas.
Sin embargo, conviene analizar el dato con rigor analítico. Al tratarse de una cifra corporativa no auditada de forma independiente, un aumento en la tasa de conversión comercial no demuestra automáticamente que la IA esté diversificando el gusto literario o formando lectores más curiosos.
Existe una brecha conceptual crítica entre facilitar la compra de un título que el usuario ya intuía y guiarlo hacia obras que jamás habría buscado por su cuenta: medir ese segundo fenómeno exige métricas de impacto cultural que la caja registradora no revela.
Por lo pronto, el interés por la tecnología también asoma en las búsquedas de la plataforma. Aunque los ensayos sobre Inteligencia Artificial ganan tracción de forma paulatina, aún están lejos de coronar las listas de ventas. El núcleo duro de la demanda en el país sigue amarrado a narrativas consolidadas, la ficción contemporánea, los clásicos de la literatura y el fenómeno del romance juvenil.
Otras plataformas también están apostando por la IA para recomendar libros
Lo que ocurre con la IA en la venta de libros no es un experimento aislado de la región; es una ola global. Un ejemplo claro es la cadena española Casa del Libro con su proyecto ‘A unos libros de distancia’, una herramienta basada en Inteligencia Artificial generativa que no pregunta ‘qué libro buscas’, sino ‘qué quieres lograr en tu vida’. Usando análisis semántico, la plataforma traduce objetivos profesionales o inquietudes personales en una lista de lecturas sugeridas.
En otra orilla, las redes de lectores y las plataformas de suscripción llevan años afinando el tiro. Goodreads utiliza el comportamiento colectivo de millones de usuarios para conectar libros según valoraciones compartidas, mientras que Everand (la plataforma de Scribd) rastrea cada clic, búsqueda y guardado para anticipar qué quiere leer el usuario a continuación.
O inclusive Amazon, su asistente de compras con Inteligencia Artificial, inicialmente llamado Rufus y renombrado Alexa for Shopping en mayo de 2026, permite hacer preguntas en lenguaje natural, comparar productos y recibir recomendaciones a partir del contexto de compra. Aunque no está especializado en literatura, puede utilizarse para encontrar y comparar libros dentro de su catálogo.
La tecnología está demostrando que puede ir mucho más allá de la simple etiqueta de género o el estante de los más vendidos. El problema de fondo es la trampa del espejo, ¿estas herramientas nos ayudan a descubrir voces diferentes o simplemente nos devuelven más de lo mismo para asegurar una venta rápida?
El comercio electrónico crece, pero el desafío está en ampliar el mercado
El comportamiento de las compras digitales también ayuda a dimensionar el contexto. La Cámara Colombiana de Comercio Electrónico reportó que durante 2025 las ventas en línea alcanzaron los 145,4 millones de millones de pesos, con un crecimiento nominal del 11,1 % frente a 2024. En ese periodo se registraron 684,6 millones de transacciones.
Que hoy sea más fácil encargar un libro desde cualquier municipio es una victoria innegable del comercio electrónico. Pero no nos engañemos, que se vendan más paquetes no significa automáticamente que el país esté leyendo más.
Por eso, la conversación de fondo no puede quedarse en acelerar los envíos, acumular millones de títulos en un servidor o entrenar algoritmos para que recomienden la siguiente compra. La pregunta difícil que la industria debe hacerse es otra, ¿cómo logramos que la gente abra los libros que compra y se quede en ellos?
Cuando se le pregunta por el horizonte del negocio, Niño lo deja en una frase contundente: “Que la torta siga creciendo”.
El desafío va mucho más allá de vender más unidades en la siguiente temporada. Colombia no solo necesita un mercado editorial más grande; necesita, ante todo, construir una nación de lectores. Las plataformas digitales ya probaron que pueden romper distancias y simplificar la compra; ahora el trabajo de fondo es lograr que ese clic se transforme en una pasión duradera y no en un libro acumulando polvo en el velador.



